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lunes, 10 de noviembre de 2014

El polvo en la parafernalia.




El polvo en la parafernalia.
Marcos Hillebrand.
shaquerla.blogspot.com.ar

Fotografía: Jimena Castiñeyras
Flickr: https://www.flickr.com/photos/jimenacasti/


Solo para casos de emergencia, sí. En casos de emergencia yo sigo un protocolo bien estricto, estipulado de principio a fin. Me ha tomado años seriar, catalogar y precaver cualquier imprevisto de cualquier índole. Cualquier imprevisto de cualquier categoría, los tengo todos bien observados, con mucho recelo, los tengo, digamos, como enjaulados. Sí. Así debe ser, por si la emergencia. En caso de emergencia, sí, estoy preparado.
Pasaron muchos años ya. Lo bueno es que sigo precavido, en caso de emergencia. Y veo que soy bueno, porque no he tenido sobresaltos. Han habido vientos de tormenta pero estuve precavido. No he necesitado de todo el protocolo, tan ensayado en miles de simulacros tan menesterosos. Menesterosos porque para el gran acto tengo preparada la mejor de las parafernalias. Pero lo tengo todo esperando a la gran oportunidad, al gran momento en que las condiciones estén dadas. Porque por ahora son solo vientos de tormenta, ninguna emergencia real. Me falta, además, algo... que no sé. Cuando se me revele será el momento.
Dicen que... Dijeron, alguna vez... Que mi vida es un formulismo en piel y hueso, en ambos sentidos de la palabra. Pero lo dijeron hace tanto tiempo que ahora el tiempo me ha dado, sin querer y sin notarse demasiado, la razón toda. Me ha durado el tiempo, precisamente. Me ha durado la vida. El resultado está aquí, y los que dijeron no.
Lo que me impacienta, lo que me tiene intranquilo es, sin duda, la solemnidad con la que aguardo el momento. No entiendo aún por qué. El momento no llega. Cada vez siento menos la corazonada del casi, del a punto, de estar tan cerca, esa sensación, ese roce imaginario que alimentaba mi vida protocolar y formulista, cargada de una esperanza que ahora, -suspiro-, está un poco caótica, he de admitir.
No entiendo qué es lo que pasa.
Ayer he buscado por todos lados los preparativos para el gran día. Aún no los he encontrado. Los aparatos rechiflones de la burla a los que apuntaban con el dedo, aquellos que dijeron... Tampoco logré hallar las invitaciones. Pero bueno, de todos modos no tengo ahora a quién invitar.
No entiendo, todavía, qué es lo que pasa. Voy de minuto en minuto tratando de recordar en qué posición era que sentía las corazonadas, cuál era la pose mágica... No era la pose, aparentemente. No hay roce. La parafernalia ya para mí es una montaña de polvo. Las telas de lindos colores que tenía preparadas son ya para mí viejos andrajos, un tumor de harapos raídos, pálidos. Las cornetas las he usado de pisapapeles, pisacartas. He escrito varias a aquellos que me decían de mi un formulismo en piel y hueso. No envié ninguna.
Hoy tuve una corazonada, después de tanto tiempo, pero más bien punzante. Sin importar me aferré a ella, no tuve opción, después de tanto neutro... Me aferré a esa sensación, pero con eso me despido de cualquier intención de volver el tiempo atrás. Después de tan anodino vaivén entre espera y somnolencia, un cáncer me ha traído a la vida un último respiro, ese que me dice que el tiempo pasó, y que encima, me muestra la puerta de salida.
No he sido del todo precavido...Y para eso tanta parafernalia. Hubiese descubierto el corazón con tiempo, si de todos modos, al final del ovillo el tiempo se nos tira encima para abrirnos en dos el espíritu. Y para eso tanta parafernalia...

jueves, 28 de agosto de 2014

Memoria de algo que se borra.




Ángeles.
 Memoria de algo que se borra.
Marcos Hillebrand.
shaquerla.blogspot.com.ar


Fotografía: Jimena Castiñeyras
Flickr: https://www.flickr.com/photos/jimenacasti/
Link de la Foto: https://www.flickr.com/photos/jimenacasti/14714611038/
Click en la Fotografía para aumentar.


Ángeles arrastraba de antes problemas que aparentaban incurables. Ella no lo sabía, pero nosotros sí; o eso creíamos. La recuerdo tanto que su vacío todavía me llena. 
Un día no volvió a casa y cuando llamé a su celular no contestó. Había tomado un colectivo por la mañana hacia Rosario. Pasó unos días en casa de Miriam -su hermana- y su novio Carlos. Yo me enteré recién a los tres días, pero me tenía acostumbrado. 
Desde que la conocí siempre tuvo esa su forma de ser. Pero no fue hasta recién seis meses después del primer día de convivencia que comencé a descubrir los verdaderos problemas. No así las raíces. Una mañana decidió no levantarse y le dije que me esperase al mediodía, que llegaría de trabajar y saldríamos a pasear. Cuando llegué seguía acostada y no quiso levantarse. Así estuvo tres días y yo no sabía más que hacer. Tres días sin hablar de nada, solo unas escasas preguntas y respuestas desganadas como pelotas de ping pong rebotando una y otra vez en las cuatro paredes de la habitación. Al cuarto día, cuando llegué de trabajar y abrí la puerta sentí el aroma único de su sopa. Me levantó el ánimo, pesado. No puedo olvidar las sensaciones de aquel día. El departamento ya no era invisible, ya no era un cubo de cemento lleno de niebla en un espacio vacío de nuestra historia. El sabor en el aroma era delicioso, y cuando la vi ahí cocinando con una sonrisa, casi me caí, casi lloré. Yo me decía que simplemente había descansado de misteriosos trámites que la tenían a maltraer del otro lado de la almohada. 
Así como esa historia hubieron muchas, y cada vez se sucedían con más frecuencia. A comienzos del 2012 yo debía viajar cada quince días a Santa Fe para dar unas clases los viernes a la tarde y los sábados por la mañana. La primera vez volví el mismo sábado por la tarde, la segunda también. La tercera vez decidí visitar a Gerardo, un amigo que teníamos en común con Ángeles pero que no veíamos hace mucho. Ese fin de semana regresé el domingo; la encontré durmiendo y luego todo siguió normal, dos o tres días completamente postrada en la cama, a veces incluso la oía llorar. Pero no hablábamos, ella no quería hablar. A veces me acercaba para leerle alguna poesía, o alcanzarle algún libro. "Nadie la entendería" me dijo, y yo fui tan idiota de creérmelo. No hice más que eso, dejarla ser en la cama, dos o tres días. No debía ser así, yo debía haber hecho algo más, ella necesitaba un giro, aire, cambio. No bastaría nunca con verla ser un algo inanimado. Pero no lo sabía. Y ahora no sé si lo sé, pero para intentar no era necesario saber.
La cuarta vez ella fue conmigo, y lo pasamos bien, dormimos en el hotel de las veces anteriores y ella estaba alegre; había cambiado de aires, al menos un poco. Ya no fue dejarla sola en casa y saber que sus ojos no se abrirían en todo el fin de semana, que sus caderas le dolerían por tanto permanecer acostada. Era saber que no me extrañaría y no lloraría. Ella me extrañaba y lloraba por mi, yo lo sabía, pero aún así no me sentía querido. Me sentía un amuleto, pero yo le quería y eso me bastaba para permanecer a su lado. Si yo le servía, le seguiría sirviendo. 
La quinta vez me rogó no ir, la invité, me dijo que no, que quería quedarse, que no estaba bien. Me rogó que yo también me quedase, pero marché sin hacerle caso. Era mi trabajo y yo estaba convencido en que debía esforzarme. Es una buena filosofía, pero Ángeles necesitaba de mi tiempo, al menos un poco. El sábado a la mitad del día, a penas comenzaba a almorzar recibí una llamada que parecía venir de un paralelismo fantasmal. Me taladraba lenta y profundamente los cesos a la vez que se iba disolviendo en un escalofrío seco por todo el largo de mi espalda, deviniendo en un eco fatal: "Ángeles se suicidó, Rubén, se suicidó. ¿qué pasó? Se suicidó, decime, Rubén..." La voz de Miriam, suave pero rasposa, se desvanecía dentro de mi cabeza hasta desaparecer en un murmullo insoportable atado al mundo real del que ya no era actor. Caía lento en ese pequeño agujero negro sobre el que mis ojos se habían desmayado.

Ahora, un año después, la extraño, y ya no me esfuerzo tanto en el trabajo, no puedo. Recordarla me lleva tiempo y me demanda esfuerzo; pero me gusta recordarla, no me quejo. Sí me duele que los momentos se borren, lentamente, uno por uno. Sólo quedan o los más importantes o los más dolorosos... Pocas veces los más bellos. Pero no me quejo, me gusta recordarla. La sopa de aquel Martes y el Sábado soleado de la mudanza. El viaje a Mar Del Plata con Jazmin y Ernesto en su "Fitito" verde, las risas en el teatro, los abrigos en la playa y la ironía de abrazarnos porque teníamos frío en pleno 25 de Enero. 
Miriam a veces me visita y hablamos de Ángeles. Ella llora sus lágrimas mientras yo la observo y lloro por dentro, como casi todos los días. Sebastian, su hermano menor, ya tiene 8 años. No volví a verlo desde aquella semana de invierno en que vino de visita a casa con 6 añitos. "Tío", me decía, olvidarlo jamás. Miriam es lo último que queda en el mundo, vivo, que me conecta con Ángeles. Hasta hace tres meses tenía sus pertenencias en algunas cajas, pero Miriam me sugirió deshacerme de ellas y quedarme con lo más importante. Tengo en mi armario su vestido blanco a lunares rojos, tan pijama como vestido de gala; su cámara de fotos analógica, la poesía que le gustaba que yo le leyera cuando pasaba días en cama y la poesía que me escribía. Lo tengo todo tan intocable que ni la muerte se va a encargar más de alejarme de Ángeles. 
Pese a sus cosas, la casa está completamente muerta, no tiene más vida que las ventanas. No duele ni embellece, no hace nada, no dice nada, las paredes están quietas y mudas, frías. Algunas veces despierto en medio de la noche, alterado. Sueño el departamento lleno de vida como hace años, en algunas reuniones. Sueño al departamento hecho hogar. Sueño a Jazmín y Ernesto, a Gerardo, Agustina, Julio, todos bebiendo vino como aquellas noches en que poníamos discos de Jazz que no conocíamos y hablábamos hasta que la lengua se nos caía en el bolsillo y no articulábamos palabra más que "sí" o que "no". Y detrás de todos aparece ella, lenta y en forma divina. Pero su mirada me apena, y aunque esboza cariño me da tristeza, y me sonríe para no apenarme, y aunque intento reír no puedo. Lloro, y le hablo sin decir nada, le hablo con el alma.

-Ángeles. Ángeles, no te vayas ¿si? No te vayas, quedate. Ángeles...Ángeles...

Suelo soñarla, y todo es tan vívido que me gustaría poder engañarme con facilidad y vivir inmerso en el sueño. Sé, sin embargo, que son sueños, y que no es cuestión de días hasta despertar sino algunas pocas horas -cuando consigo dormir. Es por eso que a veces me paso dos o tres días tirado en la cama.

Un viernes que duró hasta el lunes, acostado en la cama, dormía y despertaba en secuencias de tres horas. Estaban todos, igual que las veces anteriores, bebiendo, riendo. Yo me acercaba al espejo cuando nadie me observaba, y lloraba en el reflejo, pero cuando ellos me hablaban entre carcajadas yo también reía, y no estaba ya llorando. Sin embargo el espejo seguía allí, y cada vez que me miraba veía mis lágrimas. Y cuando observaba a Ángeles ella no hablaba ni lloraba, y podía ver en su rostro que sabía que nosotros no la entendíamos en realidad, pero que tenía sus razones. Me sonrió entre las luces tenues y las copas de vino, miró al suelo, se tocó el cabello y se marchó justo antes de despertar. Entonces entendí que nosotros no entendíamos nada, absolutamente nada.
Me gustaría hacerte saber, de alguna forma, que estés tranquila, que cuando te olvide te voy a seguir extrañando.

martes, 26 de agosto de 2014

"Fragmentaicón en pos de Consolidación" y "Búhos que pesan"

Hurgando entre viejos archivos me alegré de hallar "Búhos que pesan" y mucho más al toparme con "Fragmentación en pos de Consolidación", no precisamente porque me agraden o deleiten, más bien por observar el cambio. Tantos meses me distancian hoy de aquellos textos que me enternece. Me gustan por eso, no voy a negarlo. Pero quizás sea esa ternura un mensajero que introduce sigiloso recuerdos que realmente "no recuerdo". ¿Tanto peso cargaban mis dedos? 




Fragmentación en pos de Consolidación
Marcos Hillebrand.
shaquerla.blogspot.com.ar


-Le digo, es así. Siento ácido que arde viajando de arriba a abajo por mis venas. Desde mis pies, esfumando mis energías, luego sube y estalla en mi cabeza; y en su recorrido quema todo, quema mi alma. Me diría a mí mismo, si supiera, cuándo irá a parar, pero no sé. Me consolaría -o me desesperaría- saber entonces cuándo sucederá, pero no sé. Me diría a mi mismo, si supiera, cuándo comenzó, pero no sé. Y no sé, tampoco, cómo extirparlo.
¿Cómo dejar que fluya hacia fuera? ¿Me diría usted? Mis ojos no aguantan tanto brillo, mis hombros no aguantan tanto tirar hacia abajo o hacia arriba. ¿Cómo dejar que fluya hacia fuera? Dígame usted, señor.

  -Ajam...

-¿Sabe, usted, a qué me refiero?... ¿Me siente?... ¿llega hasta lo que le ruego llegue, a lo que espero alcance? Los huesos se me corroen, y sé que volverán otra vez a ser lo que fueron, pero me duelen ahora. Se trincan mis bases, frágiles bases que al final de todo ni sé si son mías o si son cartones que alguien dejó por aquí. 
Parece después de todo que existe, oscura, una verdad que estoy lejos de descubrir, pero que mis emociones sospechan. Mis enojos sospechan. El ácido es la fiebre de aquella verdad, que como siempre suele aparecer en forma de enfermedad. Las ideas no se me caen, no aparecen, no se vislumbran, es demasiado oscuro para lo que acostumbraba. Entonces cuando palpo, con las yemas de los dedos, alguna que haya caído al suelo configuro su forma, la tanteo en la oscuridad, me desespero. Me desespero y trato de asimilarla rápido, de discernir bien su forma en esta basta y ruda oscuridad que abarca de punta a punta mi pesada, rota y descocida mente. ¿Cuánto más hondo tengo que recalar? ¿Estará esperando alguna especie de inconsciente en la que guardo cual cajón mis más profundas verdades? ¿Qué me falta y qué me sobra? ¿Es algo que tengo que beber?, encuentro allí el alivio, sí, pero no. ¿Algo que tengo que comer?, encuentro allí el deleite, sí, pero no... ¿Todavía es tiempo de búsqueda? Dígame, señor. ¿Me diría usted qué debo hacer? Estoy desesperando, señor.

  -Ajam...

  -Otras veces, señor, me peleo a mí mismo, como un loco. Estamos todos nosotros y solamente yo, dentro de una gran habitación de mármol blanco que se balancea sobre cefaleas que vienen y van, y en medio una gran mesa traída del Olimpo mismo, donde todos  apoyamos las manos, y cruzamos las piernas en un gesto increíblemente soberbio. Posan sus ideas, pues, allí en la gran mesa. Hacerlas converger es un verdadero reto que aún no he logrado solucionar, no he tenido la suerte ni siquiera con esa "gran" y pobre ayuda que nos brindamos, bueno, me brindan. Él, el auto-compasivo, me llueve con auto-compasión las ganas de cuestionarlos a todos ellos. Entonces no tengo nunca la culpa, y Auto-compasivo entonces contenta con el resultado a favor de la postura suya. He llegado, en esas discusiones, a pensar que todos tienen razón y que ninguno tiene alguna buena explicación. No me queda más remedio entonces que darle la razón a Auto-compasivo y ofrecerle mis disculpas por el mal trato, y compadecerme entonces, por él y por mí.

  -Ajam…

  -Entonces ¿qué?, señor.

  -¿Cómo es que estamos entonces, señor, sólos aquí, nosotros dos? ¿Y los demás? ¿Y el Auto-compasivo?

  -¿Qué está queriendo decir, señor?   
- Es tan claro como esta mesa del Olimpo y estas paredes de mármol blanco, señor. Hemos logrado reunirnos los dos. Ya no se ha desintegrado lo suficiente como para confundirse, señor. ¿Logra ver lo que yo veo? Pues yo veo lo que usted ve, y por usted veo, y por usted pienso. ¿Me dejarás regresar? 

- No señor, me temo que no. Estoy en aprietos y no me sirve entonces hablarle de mí, si usted no me ayuda. Le he dicho todo, le he contado sobre la gran verdad que no he podido descubrir, sobre la fiebre, el ácido, Auto-compasión, mis miserias, mis ganas, mis dolores, mis totalidades, mis enfermedades... y usted no sabe que decirme. ¿Usted no sabe que decirme?

- Bueno, pues lo ha logrado no ahora, sino conmigo. Lo ha pensado todo usted, lo he pensado todo yo. Sin embargo yo puedo marcharme si ese es su deseo, y podrá ser feliz usted, por primera vez fragmentándose de verdad. A veces soy yo el problema, su problema. Nuestro problema.

-No, señor. No hasta derramar todo el ácido de la verdad y derrumbar sobre nosotros, sobre mí, las paredes de tan pulcro y al mismo tiempo sucio mármol blanco.





Búhos que pesan.
Marcos Hillebrand
shaquerla.blogspot.com.ar

Abrí los ojos y destaparon mis oídos con un golpe "¡Pum!". Después, silencio. Sopla un viento tímido, lejos. Siento mis ojos como una cortina de polvo que bajan hasta mi nariz y me contamina cada vez que respiro, estoy ahogándome con lo que no puedo ver. Sé que es difícil, pero existe una sensación en mí de que esto siempre nos pasa alguna vez en la vida. Si echo a correr tropiezo, eso también lo sé. 
¿Cómo sé que no es un sueño? ¿Por qué estoy tan seguro? ¿Es porque no soy feliz, pero tampoco es una pesadilla? Esta pasando de verdad, en los sueños uno es feliz o uno tiene pesadillas, no hay más alternativas. Esto es real; no estoy siendo feliz pero está lejos de ser una pesadilla, como las pesadillas que dicen ser pero que son en realidad unos asteriscos de goma cayendo como lluvia desde un cielo sin estrellas ni nubes, desde un vacío producto de una conciencia histérica.
Puedo oír el sonido de los búhos, por aquí, por allá, por detrás, bajo mis pies. Siento estar sobre una lámina, una delgada lámina de fe a punto de romperse, librándome la vacío, al agua helada, donde unos árboles asoman sus copas húmedas y donde un montón de búhos observan a los caídos que se ahogan lentamente. Caen los cuerpos inanimados. No, los cuerpos exánimes -a los que curiosamente mi mente se refiere como exanimis-, hasta el fondo, topándose con una delgada lámina de silencio incorruptible tanto como insondable. Ese silencio incorruptible no escucha una sola palabra, no importa qué diga uno, o qué hable uno, no escucha ni habla, no echa frase alguna; y no tiene fin, no puede verse ni su fondo ni su delgadez, ni su fragilidad ni su ancho, es un gran universo silencioso de vacío negro que brilla y deja ver en su reflejo a uno mismo, pero sin rostro, solo dos puntos negros y brillantes como botones.
No sé cómo lo sé, pero lo sé, lo siento. Los búhos parecían advertirme. Ahora parecen cantar un himno de clemencia, siento que quieren arrancarme el alma del cuerpo, quieren tomarla con sus garras y volar alto, turnarse para zamarrearla aquí y allá en un revoloteo siniestro, mientras las demás claman posadas en sus ramas. Aún no se ha roto mi capa de fe, pero yo no me he movido, y me están arrancando el alma. Y se ablanda mi fe, de a poco. Siento que si me muevo la lámina se desgarra. No quiero caer al frío sideral y frío. Prefiero dejar que los búhos me destrocen y dejen volar libre mi alma, trapo viejo que ya no sirve para tener fe. 
Desperté, luego, con un gran susto. Tomé aire y comprendí que los búhos eran los años.

viernes, 22 de agosto de 2014

"Crónica del homeless burgués con la casa vacía."



"Crónica del homeless burgués con la casa vacía."

Marcos Hillebrand
shaquerla.blogspot.com.ar

    Segundos después de comenzar a contarle a Constanza lo que me ocurría, tímido y sin levantar demasiado la voz, un vagabundo nos interrumpió pidiéndonos monedas. Constanza no tuvo oportunidad de luchar contra su inherente y bella generosidad. Yo no pude seguir. Cuando retomamos el paso, después de haber demorado algunos minutos hurgando nuestros bolsillos, ella volvió al tema y preguntó qué me ocurría.

- Ya no recuerdo bien.- Le dije y seguí paso.

Observaba las copas de los álamos silbando Minor Swing mientras Constanza me contaba algo que sonaba como una especie de tragedia. Su bulldog ingles y unos aparentes problemas de respiración innatos, creo. Pensaba en silencio; debía ser ya. 

Cuando llegamos a su casa y vi que sus hijos llegaban en simultáneo del colegio me contuve. 

- Ya llegó Jorge.- Dijo al ver el auto de su marido a un costado del garaje

Allí terminó de descargar sus balas. Una aniquilación despiadada, sin querer. Me agradeció, como siempre, mis esfuerzos por hacerle ameno aquel trabajo que ambos detestábamos por igual y yo, después de un silencio profundo, respondí con certeza.

-Bien, Constanza. Bien. Recordame nomas como aquel vagabundo; yo te voy a recordar como Constanza.

Observé su rostro lleno de confusión por un momento y luego me marché con las manos en los bolsillos y silbando Minor Swing. 

Esa misma semana renuncié a mi trabajo y me mudé de ciudad; quería estar lejos de Constanza, lejos de sus hijos y de su adinerado y estúpido marido; pero sobre todo lejos de aquel vagabundo con el que sentí tanta afinidad al llegar a casa.

Fotografía: Jimena Castiñeyras;
Flickr: https://www.flickr.com/photos/jimenacasti/
Link de la Foto: https://www.flickr.com/photos/jimenacasti/8438560603/
(Que lindo queda el blog con esta fotito)

jueves, 31 de julio de 2014

Pecas de sangre.


Pecas de sangre.
Marcos Ezequiel Hillebrand.
shaquerla.blogspot.com


      Entró y parecía una tintorería cualquiera. ¿Qué otro estado de ánimo podría uno sentir frente a todas esas máquinas, que no sea la indiferencia? No había mucho por lo que alegrarse o entristecerse. Un establecimiento donde tiñen o lavan la ropa, uno paga y se la devuelvan impecable. 
Él no iba mucho a las tintorerías, y si en un mes hubiese necesitado ir dos veces, iría a dos tintorerías distintas; y si necesitase ir tres, iría a tres distintas. Este acto peculiar de no menudear un mismo sitio, con la misma gente, podría llevar detrás un complejo de apatía por crear lazos o vincularse con las personas, y quizás también un complejo de superioridad. Al verlo le traía a uno la sensación de asco, disimulado, intentando no hacer creer al mundo de que estaba bajo sus pies, y que él sentía caminar sobre él. Lo disimulaba, si, pero si uno le observaba bien podía verse, discreto, entre los dientes, esos aires de superioridad. Él no se sentía observado, pero le observaban a veces, eso es un hecho. Alguien siempre descubre tus cadáveres de a poco.
Un empleado, Manuel, como decía su uniforme, llevaba uno de los carros de estanterías cubierto con una lona blanca. Pasó detrás de una de las cabinas de planchado, pasó por un umbral que accedía a la zona trasera donde los clientes no podían pasar, dejó el carro y volvió. Cuando Sosa le vio acercarse se acomodó frente al mostrador y sin precipitarse aguardó . El empleado lo miró, sonrió y permaneció inmóvil con las manos sobre el mostrador. Sosa no saludó y explicó que había dejado unas camisas y unos pantalones de vestir hacía tres días. El empleado asentó, sonrió sin decir palabra y se marchó. 
Ya ni recordaba cuál era la camisa que en realidad estaba sucia. En el pantalón no se notaba la mancha. Rojo sangre, se camuflaba en el negro clásico de la tela del mismo. Pero la camisa sí, la camisa tenía una pequeña mancha en la manga derecha y junto al último botón, debajo del ombligo. Dos pequeñas salpicaduras. Dos pecas de rojo sangre que podían arruinarlo. Siempre fue así y no dejaría de serlo, su meticulosidad y perfeccionismo hasta en los más pequeños detalles le habían valido a Sosa el andar campante por ahí, pisando el mundo con los tacos de sus zapatos, envileciendo las calles del centro y las baldosas de las plazas.
¿Cómo se habían salpicado ahí esas tres pequeñas gotas? De verdad, el pantalón no le molestaba; eran las diminutas pecas rojas en la camisa las que le hacían perder la cabeza. Aquel día cuando volvió a su departamento y vio las salpicaduras le dio mochadas y topetazos a la pared de durlock que separaba el living-comedor de la cocina. Fueron segundos de furia, enloqueció por un rato y se compuso. Automáticamente después se sacó la corbata, el saco, la camisa y el pantalón; se bañó y llevó la ropa de una semana a la tintorería, no podía llevar solo esa camisa, solo ese pantalón. Algunas camisas inclusive estaban limpias, algunos pantalones planchados, pero los arrugó y comprimió dentro de una gran bolsa negra, una de las últimas del paquete del mes pasado. La vez anterior se había encontrado, al llegar a su casa, con un cabello en una de las mangas de su saco de gabardina marrón oscuro. A veces se idolatraba, bien, pero algunas también se aborrecía y tenía ganas de estrangularse por idiota.
El empleado tardaba. Sosa comenzó a inquietarse, algo extraño en él. Comenzó a inquietarse y a sentirse observado. Recordó aquel cabello, las dos manchas de sangre como salpicaduras y su idiota presunción de incompetencia para con los empleados de la tintorería. Manuel no aparecía y Sosa comenzaba a mirar para los costados. Su disimulo era excelente, pero comenzó a transpirar la espalda. Un sudor frío le recordaba el rocío del Martes cuando al abrir el baúl de su Renalut Logan tomaba del interior una bolsa negra, pesada, y la arrojaba a un contenedor. Por primera vez comenzó a sentirse de verdad observado, y a que quizás lo hayan observado detenidamente varios días atrás, y recién ahora, en una tintorería en el centro, esperando que un empleado presuntamente incompetente le trajera sus camisas y sus pantalones -entre los que estarían su pantalón negro clásico manchado y su camisa clara con pecas de sangre muerta-, se diera cuenta. Detrás de la cabina de planchado alguien se cayó, la empleada más anciana yacía en el suelo y todos acudieron a socorrerla, tres clientes que esperaban también se asomaron por sobre el mostrador para ver lo que ocurría mientras la señora se quejaba de un dolor. Sosa giró sobre sus pies para ver qué pasaba pero antes de desentenderse de su malestar unas manos golpearon el mostrador detrás de él. 
El empleado lo miraba fijo y no decía nada. Sonreía. Sosa se entregó a su complejo de superioridad por un segundo y tomó la bolsa azul donde estaban sus prendas. Estiró de los bordes pero el empleado no la soltó. Tiró con más fuerza y nada. Mientras tanto, todos atrás observaban a la señora que comenzaba a levantarse. Sosa observó el rostro de Manuel, sonreía mientras sostenía con fuerza la bolsa. El rostro de Sosa comenzó a desfigurarse frente al empleado incompetente que le hizo sentir que estaba sobre él. Sosa se sintió pisoteado, advertido. Tiró con más fuerza y se la quitó casi cayéndose de espaldas. Se acercó una vez más para pagar. Manuel no dejaba de sonreír mientras le miraba fijo a los ojos y tomaba el dinero.
-Disfrute señor, y vuelva cuando quiera. Cuídese -Dijo por último y "cuídese"  retumbó en la cabeza de Sosa.
Condujo rápido, subió las escaleras corriendo y casi derribó la puerta. Tiró la bolsa sobre la mesa y la desgarró, comenzó a sacar las prendas de ropa y ninguna camisa estaba salpicada, ningún pantalón tampoco manchado. Se arrojó sobre el sillón y respiró pesadamente.
Después de unos minutos sonó el timbre. Bajó y antes de abrir la puerta vio una caja con sus datos escritos en la parte superior. Saludó a Don Medina, el portero, y éste le mencionó sobre la caja y un cartero. Sosa subió y abrió la caja. Habían una carta y una bolsa azul, pequeña. La abrió y estaban su camisa clara y su pantalón negro, cada prenda con sus respectivas salpicaduras. Comenzó a sudar, los oídos se le ahogaron en un pitido sordo dentro de su cabeza. Aturdido y apretando los dientes tomó la carta. Abrió el sobre y desplegó el papel sobre la mesa.
        "No caben dos cuerpos en la misma zanja, ni dos manchas en un mismo filo."
Atte: Un artista como usted.
PD: No piense que no le observan.


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jueves, 24 de julio de 2014

Terminar despacio. El olor a mandarinas y un cliché bastante visto.


"Terminar despacio."
El olor a mandarinas y un cliché bastante visto.

Marcos Ezequiel Hillebrand.
shaquerla.blogspot.com

Pude ver, por un pequeño resquicio de tus palabras, que podría meterme allí, bajo tu piel. Pude ver. Pude ver bajo tus palabras. ¿O dejaste que yo viera? Si lo hiciste con algún propósito me gustaría saberlo; si esa pequeña hendidura existe del azar para que alguien, cualquiera, entrase, eso también me gustaría saber. 
Pensé muchas cosas a lo largo de tu visita, ¿sabías?, esa visita que poco a poco fue tomando pista en ese algo que ni yo sé qué es, y que es, nada más ni nada menos, yo. En el momento mejor, que no fue precisamente a la hora de sacar las conclusiones -bien cualquiera podría haber notado que no fueron pocas-, pude apreciar que tu forma de hablarme y al mismo tiempo de no prestarme atención, o dicho un poco mejor, no interesarte en llegar más profundo, hizo estallar en mi las ganas de olvidarte, creer que podría, a partir de allí y de la pequeña hendidura que dejaste, entrar a tus ojos, a tus manos, a tus palabras, y obligarme a olvidar.
Luego te fuiste. Y yo quizás un poco presuntuoso, algo soberbio, sí, intenté buscarte con disimulo bajo las huellas de tus zapatos a lo largo del pasillo por el que todas las mañanas paso para ir a trabajar, pensando en que después de todo, el arrogante no era yo. Siempre es el mismo ciclo. Te gustaría saber, estoy seguro porque te conozco tanto como te conocía -o un poco menos-, que hago todos mis esfuerzos -tal y como lo pedías todos los días, todos los mediodías, todas las noches- para inclinar mi cabeza y tratar de relegar eso que metros atrás, bajo tus huellas, te hacía aparecer como un fantasma detrás de la puerta.
Es necesario aclarar que no todo tiene que ver con todo, pero que a veces una cosa sí tiene que ver con todas.
Las fotos de mi padre enciendieron en lágrimas una noche de martes que se consumió a la par del cigarrillo, en un pedazo de almohada sin funda y dos colchas llenas de polvo, guardadas desde antes de febrero. ¿Cuándo fue la última vez que te tapaste con alguna de ellas? ¿Estaban salpicadas ya con el polvo asqueroso del recuerdo y de un promiscuo y vulgar invierno? Amaneció un miércoles ordinario y anodino como todos los anteriores hasta aquel miércoles en el que guardamos juntos las colchas porque el invierno, suave, ya había finalizado. Prometían -¿cómo olvidarlo?- soles de verano cálidos, que después de todo fueron apáticos días de un verano indiferente. Las fotos de mi padre seguían ahí donde las últimas dos lágrimas se despidieron sirviéndome una pesadumbre amarga, estaban secas. Guardé las fotos dentro de una caja que ya no te pertenece. Luego marché camino al trabajo.
Hubo un episodio en la historia a continuación de tu espalda en que busqué capitular el ciclo de arrogancia y sufrimiento, presuntuosidad y abandono. Lo conseguí, pero reabrí el camino unas semanas después. Hoy, cuando volvía del trabajo, un olor a mandarinas procedente de una verdulería a dos cuadras de casa me reanudó, recobré algo de mi  memoria insolente, tan a tu favor. El olor, el olor, cuántos recuerdos. Cuando comíamos mandarinas juntos, ¿ya pensabas todas esas cosas de mí? Me acuerdo cada palabra de lo que me dijiste y de lo que no me dijiste también, todos los silencios, tus miradas, también el despedirte taciturno, hundido en un montón de imágenes vacilantes. Aquella imagen, no la puedo borrar. Estaba aturdido, lo recuerdo bien, me invadió un silencio espeso como la brisa brusca que me atropelló después de que cerraras la puerta con una destemplanza que no merecía, y no es por arrogante que lo digo. No lo merecía. No sé si ya pensabas todas esas cosas mientras comíamos mandarinas en la quinta que tus abuelos dejaron a tus padres. 
Todo fue cuestión de días, un poco de discordia, falta de acuerdo en algunas ideas, en algunos proyectos, en algunos aspectos de tu vida y de la mía, todo fue materia de unas pocas horas, quizás cien. Y advertí todo eso al sentir el aroma de las mandarinas. Como manipulado, corrí hasta casa y me puse a escribirte todas estas cosas. Y no es por presuntuoso ni dañino, bien ya te lo supe explicar. Esa hendidura que dejaste y el olor de las mandarinas, tu extraña forma de hablarme y no darme cuidado ni lugar, todo me manipuló. Y aunque con un poco de asombro, no tengo reparo ni culpa en admitir que después de todo me introduje en tus manos y en tus ojos y en tus palabras, pero por sobre todo, también en tu estúpida arrogancia de idiota sin rumbo.
Espero hacerte llorar, o verte volver sobre tus huellas. Porque te odio, pero por sobre todo te extraño. 
Cariños.
  
  


Nota aparte.

  Este cuento en forma de carta, esta historia de un desenlace contada por uno de los protagonistas en medidas partes, basándose en un recuerdo para nada fugaz, lo escribí en más tiempo que el resto de las entradas que suelen llevarme una sentada en las que empiezo y termino, como sacándome las ganas de escribir de encima porque eso me gusta. Traté de lograr lo que vengo practicando en las anteriores entradas, conectar el comienzo con el final en un salto donde el desenlace se da sin una estructura dura.
  El primer párrafo salió solo, sin muchas ideas, por ahí con un claro suave en el horizonte más próximo, pero lo dejé estacionar en el escritorio y después de unos días hice unos arreglos y salieron otras oraciones más. Así fue el proceso hasta llegar a los dos o tres párrafos. Para esas alturas el documento en word tenía como nombre "Terminar despacio", como sugiriéndome a mi mismo que lo haga tranquilo, con parsimonia. Lo terminé hace varios días, pero con el objetivo de subir la vara un poco en cuanto a la calidad de las entradas que me dispuse a llevar a cabo en Shaquerla, pasó varias revisiones. Hoy está acá.
  Cuando estaba ya metido en la historia de estos dos personajes, me di cuenta de que tenían que ser una pareja de hombres, quizás por la arrogancia del uno y la admiración del otro, tan maravillado a la figura de su otra parte tan brutal. Esas son conclusiones detrás de las paredes, sin mucho argumento. Sensaciones. 
  Cuando terminé las revisiones y mastiqué el cuento un par de días volví a leer el nombre del documento, "terminar despacio", y de repente me dije que coincidía con las ganas del protagonista de olvidar y volver a ver a aquel que se fue sin más. Como una conexión, y el punto fuerte, el olor a mandarinas junto con el nombre del documento y un cliché bastante visto con el temita "te odio te extraño", me animé a subirlo al blog. 

    
Saludos.
Marcos.

miércoles, 16 de julio de 2014

"Las insoportables" y tía Raquel.


"Las insoportables" y tía Raquel.

Marcos Ezequiel Hillebrand.
shaquerla.blogspot.com.ar

Quién sino yo pudiese haber visto en esos rostros tal desilusión. Esa carta, que en medio de una confesión espantosa empalma lo acontecido con detalle, les aterraba. Además de taparse la boca, la mamá de Gonzalo se tocaba la frente y secaba el sudor con el pañuelo humedecido, me observaba y buscaba alguna explicación que yo no podría darle jamás. ¿Quién sino yo? Nadie, era el único delante de esos rostros agonizantes. Y la mamá de Lucio, de espaldas a tía Raquel y la mamá de Gonzalo, y sobre todo de espaldas a la carta desplegada sobre el escritorio, observaba fijo el pasto mojado por el rocío de la noche anterior. El sol apenas comenzaba a asomar y la lámpara hacía nuestra luz, y a las sombras de las ojeras de tía Raquel, que me observaba ya no como una tía sino como desconocida. Como si yo viniese a traerles de la muerte la carta de sus hijos fallecidos, de aquellos niños juguetones que tantos trenes habían visto pasar y en tantos otros habían viajado. Y yo que siempre había ido con ellos, ahora estaba en casa de Papá olvidando que sus rostros eran tan exagerados como llorar de bronca por la felicidad de sus primogénitos, que ahora después de tantos trenes se tomarían un avión y olvidarían a sus madres. Esas madres felices de tenerlos cerca y acurrucados bajo el manto maternal insoportable, ay Olga, ay Silvina. Madres tristes de verlos nacer de nuevo en otro lugar del mundo, olvidando aquellas torturas en las que a la hora de la siesta le prohibían rigurosas el salir a jugar al patio y obligaban dormir hasta las cuatro de la tarde. 
Raquel se fue de la sala y las esperó en el auto. Yo me comí la bronca, les obligué marcharse con la mirada y recordé que al llegar les dije "tías", como cuando les tenía más cariño, a esas madres que repudiaban con celo y entre ellas se culpaban la desdicha en "tan linda amistad la de Lucio y Gonzalo". "¿Qué habrá hecho que terminaran así? Bien machitos que eran", repetía tía Raquel. Y yo aún me pregunto qué diría Raquel del primo Martín, aquel hijito soñado de tía, si se enterase... Solo pude reírme, y pensar que al llegar les dije tías.

jueves, 3 de julio de 2014

Un par desde el decimoquinto, otro desde el decimocuarto.


"Un par desde el decimoquinto, otro desde el decimocuarto."

Marcos Hillebrand.


Él odiaba el andar de aquí para allá de la vecina de arriba. En el decimocuarto los pasos retumbaban con un sonido como de goma, amortiguado. Ésto le desesperaba y se ponía como loco, insoportable, daba vueltas e intentaba contenerse, controlar la exasperación, la intranquilidad, la impaciencia. No entendía qué es lo que tanto hacía la vecina, esa vecina que nunca veía, ni en los pasillos, ni en el ascensor, ni cayendo desde el decimoquinto como sí le gustaría.
Mucho le encantaba que los pasos cesaran y se marcharan. Amaba el chirrido de la puerta al cerrarse y saber que la insoportable vecina huía intranquila al trabajo y regresaba recién cuando ya las estrellas se veían en el encendido cielo de la ciudad, que también odiaba a veces, sobre todo a la hora de pasear, los ruidos atacaban sus sensibles tímpanos, llegaban como una histérica lluvia de vidrios rotos y, a pesar de que concentraba sus percepciones auditivas en su respiración y anulaba los exteriores, no bastaba para mantener un paso tranquilo y sin alteraciones, mucho menos podía evitarse las ganas de morder a todo el mundo, o atacar a los reconocibles malintencionados de la ciudad.
Un miércoles se encontraron en el hall con la "hermosa" vecina de arriba y descubrió ahí sus grandes enemigas, las botas de cuero y suelas de goma, esas que lo volvían loco. Tuvo ganas de atacarlas, romperlas y hacerle entender que estaba harto de su indecisión a la hora de salir, su ir y venir de punta a punta, el pasearse por todo el departamento causándole molestias. ¡Estaba harto! ¡Harto! Quizás estaba a un simple paso de amortiguado sonido, a un simple paso de botas con suelas de goma de odiarla. Pensándolo mejor, ya la odiaba. ¡Estaba harto! Quería atacar esas botas, quería destrozarlas, quería arrojarlas desde el decimocuarto, o desde el decimoquinto. Tal vez un par en cada piso, y que nunca más vuelva a escucharse paso alguno en el apartamento de arriba. Quería silencio en el decimocuarto. ¡Estaba harto! ¡Harto!
Pero la hermosa vecina del decimoquinto se iba, y nada más alcanzó a verla saliendo del edificio con paso veloz. No tuvo la oportunidad, pero sabía que la vería pronto una vez más. Y tiraría un par en cada piso. Un par en el decimocuarto, un par en el decimoquinto. Y tal vez le lastimaría los tobillos también a la vecina, así no la escucharía caminar nunca más, indecisa antes de salir.
Habían sido 15 minutos horribles los de aquel sábado por la mañana hasta que la vecina se marchó, había sufrido y arañado las paredes, la puerta, había mordido las almohadas, todo para contorlarse. Estaba solo, pero seguro de que si alguien lo viese no entendería, y quizás le gritaría, o golpearía, o insultaría "loco" "¿qué hiciste?". Sin embargo ya estaba tranquilo. Obviamente estaba solo, como todos los sábados en la mañana. Su compañía era el espejo, aunque a veces olvidaba que ese era su reflejo y lo miraba desafiante, hasta parecía a punto de atacarlo, cuando desistía recordando que realmente era eso, un espejo. A veces si, parecía loco.
Vivía con Mariana, y la observaba andar antes de salir, ¿por qué la vecina de arriba no era como Mariana? Ella sabía lo que hacía, se vestía rápido y salía rápido, no caminaba mucho y mucho menos hacía ruido. Andaba en medias y al llegar a la puerta se calzaba las zapatillas para irse, ni siquiera azotaba la puerta. Siempre la observaba atento a todos sus movimientos, le encantaba más que cualquier otro momento esperar al más culmine, antes de salir, cuando se acercaba al espejo y se rociaba su perfume de frescor inigualable. La quería de sobremanera y se lo hacía saber, sobre todo, en sus silencios profundos de miradas cariñosas, y en las noches al frotarse entre sus manos pidiendo un cariño que siempre aparecía. A veces dormía entre sus manos y bien metido en su pecho. Y también a veces, o casi siempre, despertaba por el sonido amortiguado de las botas de la vecina de arriba, y enloquecía, y Mariana le retaba.
Un lunes se vio ofuscado al encontrarse con que Mariana y la del decimoquinto habían entablado amistad, y esto al mismo tiempo lo confundió tanto que de pronto no sabía si debía sentirse engañado o alegrado. Sintió que merecía una explicación pero luego se le olvidó. El jueves de esa semana la vecina de arriba invitó a Mariana a cenar y él fue con ella. Mariana no tenía nunca problemas de llevarlo a la hora de hacer nuevas amistades, podría decirse que era un bien portado, un bien educado. No estuvo dispuesto, al comienzo, pero después de unos cariños fue sin problemas.
Al entrar no saludó ni miró, aunque Mariana se lo pidiese. La del decimoquinto hizo como si no le importara y entraron. Ellas comían y bebían poco, él ya había terminado y estaba recostado sobre sí, observando el espacio entre la puerta cerrada y el suelo, por donde entraba la luz del pasillo que se encendía en algunas veces, y luego permanecía a oscuras. Después de desconcentrarse y observar distintos puntos del departamento vio las botas, vio las botas y recordó que estaba harto, ¡harto! En completo silencio se levantó y corrió hacia ellas. Tomó una del par e intentó arrojarlo por la ventana pero ésta era muy alta, y él no medía más de medio metro, intentó saltar y no consiguió más que la atención de Mariana y la del decimoquinto. Intentaron frenarlo pero corrió y destrozó el par que había conseguido tomar. Luego de hacer añicos la bota frente a la mirada confundida de la vecina de arriba y los retos de Mariana escuchó que ésta se había resignado en detenerlo y hablaba con la del decimoquinto.
-Perdoname, Constanza, nunca es así. No sé qué le pasó, perdoname- Le dijo muy apenada. Él soltó la bota sin más y la observó bien destrozada, asegurándose de que no sirviese más.
-No pasa nada, Mariana. Pero cuidado, tenes un pitbull muy terrible...Medio agresivo- Y rió forzado mientras abría la puerta, como echándolos.
La noche no pasó a mayores ni hubo más retos. Mariana no le habló hasta dormirse, ni hubieron cariños. Él se acostó en su cucha y durmió  hasta el otro día. Despertó contento por el silencio de los pasos y comenzó a mover la cola y sacar la lengua, como explicándole a Mariana que lo que había hecho era por el bien de los dos. De pronto el sonido retumbante de unos tacos hicieron que se quedara estático. Mariana se rió y quizás entendió. Lo acarició y esperaron a que la indecisa del decimoquinto se marchara.
Ahora tenía un par de tacos por destrozar.



domingo, 22 de junio de 2014

Veintisiete, veintiocho.



Veintisiete, veintiocho. 
Shaquerla.blogspot.com
                   Marcos Hillebrand.


Capítulo 2:

Escena 1: 
              Él. 


¿Cuántos saltos ya van? ¿Cuántos pasos ya van? ¿1, 2, 3? ¿Por qué sacude las hojas secas y moja sus zapatillas? ¿Me ve? Por supuesto que no. Son veinte metros, o un poco más. No es este el mejor banco del mundo, pero estoy cerca y la veo sin que me vea. Cuatro pasos ya van. Uno más, cinco. 

Me vio... ¿y ahora? ¿Qué hago? Después de todo no había tanta gente, por supuesto que me vería. Estamos solos en la plaza, no hay nadie, nadie hay entonces para mirar. Solo yo y sus pasos. Seis, siete, ocho, nueve. ¿Diez? Diez, once, doce. Están muy mojados sus pies. Se acerca despacio. No tengo que mirar directo a sus ojos. Pero si no tengo que mirar ¿cómo sé cuándo va a estar al lado mío? Tengo que mirar. Tengo que mirar. Trece, catorce, quince. Patea las hojas secas, las pisa, se moja los pies. Dieciséis, diecisiete, dieciocho. Tengo que cerrar los ojos, taparme las orejas, apretar los dientes, agachar la cabeza. Diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro. Silencio, no miro, no escucho, no hablo, no escucho, no. Silencio. ¿veinticinco? ¿veintiséis? 
-"Jm", ¿por qué me estás mirando tanto? - ¿Qué fue eso? ¿curiosidad? parece curiosidad.
- Per...per...perdón - No te pongas nervioso, hombre.



Escena 2: 

     Ella.
         Uno, dos, tres, cuatro... ¿Por qué me mira? ¡Ay!, un charco. Cinco, seis, siete, ocho...¿por qué me mira? Solo tengo que mirar por el rabillo del ojo, no tiene que ver lo miro, se puede poner nervioso. Nueve, diez, once. ¡Ay! me está poniendo nerviosa. Voy a ir. 
-"Jm"", ¿por qué me estás mirando tanto? - Creo que soné un poco severa ¿se pondrá nervioso? Ay, espero que no. 
- Per...per...perdón - ¡Sabía! soy tonta. Fui muy severa, se puso nervioso. ¿Y ahora? Voy a ser amable pero le voy a explicar, sino no puedo jugar. 
- Dejá de mirar cómo juego, ¿si? no me dejas concentrarme y me da vergüenza. -Sí, así estuvo bien. Sí, creo que sí.
-Per...per...perdón - 
¿Por qué no me mira? Está muy nervioso. 
-Ahí ya viene mamá, por suerte. Abuelo me voy allá otra vez a jugar, decile a mamá que me guarde el helado un rato.
-A...A...¿Abuelo?





Capítulo 1:



Escena 1: 

   Buena conducta.
        - Mirá Antonella, vamos a la plaza pero si te portas bien. ¿Te vas a portar bien? - 
- Si mamá, me voy a portar bien. - Mientras, el abuelo esperaba en el auto, un renault clio rojo.


Escena 2:

   El abuelo.
        - Me voy a comprar unos helados. Vos sabes como es el abuelo, a veces se pone raro y puede hasta parecerse a tus compañeritos de 7 años, así que tratalo bien - Dijo la mamá mientras observaba de reojo al abuelo, sentado en el banco verde un poco despintado, quietito, mirando los árboles. 
- Si...mamá. Me voy allá donde está más seco. Ahí donde están todas las hojas secas. 
- Bueno, ya vengo. Portate bien Antonella.



Capitulo 3:



Escena última: 

                    Fin.

lunes, 16 de junio de 2014

¿Y? ¿Qué pasó?


¿Y? ¿Qué pasó?  

  Al verla se tentó. Sin dudas debía tocarla, en silencio, sin que nadie lo viera. Debería acercarse despacio entre la gente que conversaba sin prestarle atención ni a uno ni a otro. Eran varios metros para alcanzar a tocarla, al menos con alguno de sus dedos, de cualquiera de sus manos, solo debía tocarla. Estaba lejos, si, él sabía, pero estaba seguro que aunque a veces la perdiera de vista, allí estaba. Estaba seguro, completamente seguro. Asomó la cabeza por el umbral de la puerta abierta de par en par. Nadie aún lo veía. 
  Le encantaba la casa, siempre observaba sus pisos negros, y aunque entendía poco, sabía que eran los pisos bien lustrados lo que le enloquecían de gusto, y la alfombra también, tan clara y tan limpia siempre. Le gustaban mucho, pero ahora la había visto a ella y nada haría que se distraiga.
  Avanzó con sigilo unos pasos hasta detrás de uno de los sillones individuales de color té con leche. Aún nadie observaba los movimientos sospechosos. Todos seguían hablando con todos y no prestaban atención ni a uno ni al otro. Todos, tío y abuelo, abuela y nieto, nieta y abuelo, tía y sobrino, todos hablaban sin prestar atención a lo que estaba a punto de ocurrir.
  Se sacó los zapatos para que nadie lo oyera escurrirse, casi entre sus piernas. Una habilidad única para pasar desapercibido. Era increíble que nadie lo hubiese visto aún a esas alturas del acto. 
  Parecía mudo, o quizás no sabía hablar. A penas respiraba, a penas omitía ruidos. Ligero, sagaz. Seguía escurriéndose, ahora detrás del segundo sillón individual. Había pasado por debajo de la "mesa ratona" y por delante del sillón grande vacío. Ya estaba más cerca. Casi podía sentir su olor. La observaba y ultimaba los detalles de sus últimos movimientos, no debía equivocarse por nada del mundo. 
  Pasó la abuela, una anciana amable y de buen paso. No lo vio. Suspiró y se calmó. Casi había querido llorar al ver su plan a punto de quebrarse. Debía correr hasta la pared perpendicular al pequeño pasillo que formaba la pared que separaba la cocina con las habitaciones y una delicada biblioteca que iba desde el suelo hasta el cielo raso. Allí debía permanecer un momento y luego correr hasta debajo de la mesa negra, donde debería esperar un segundo a que pasara de nuevo la abuela y quedara entonces solo y cerca, tanto que podría tocarla, e inclusive llevársela y hacer lo que quisiese con ella, que seguía quieta, sin que nadie la estuviese vigilando. 
  Corrió, resbaló resbaló sobre el piso lustrado, cayó y se levantó rápidamente. Se apoyó contra la pared y aprovechó que nadie observaba para correr una vez más, hasta debajo de la mesa. Allí estaba, respirando profundo, sin que nadie lo viera. Inspiró profundo y salió de su escondite. Cuando estuvo a punto de tocarla con sus manos, a punto de tomarla, escuchó una voz que gritaba. Cerró los ojos y se estiró lo más que pudo.
  - ¡Tomás! ¿Qué estás haciendo? ¡Te estaba buscando! - Era una voz chillona, y aguda, muy fuerte. Pero no tan horrorizada. 
  Sintió que le tomaban de sus brazos y lo levantaban por el aire. Entonces supo que estuvo a punto, pero que ahora era imposible tomarla, ni siquiera tocarla. Y la observaba, tan perfecta, la quería toda, y no pudo ponerle tan solo un dedo encima para lamer después. 
Obra: Mirtha Qués.
Ph: Santiago Hillebrand.
  - ¡Tomás! ¿Qué comiste? - Escuchó decir una vez más mientras sentía que le tocaban el pañal y le inspeccionaban a ver qué era ese olor. Supo que lo llevaban al baño. Al doblar el pasillo la vio por última vez y supo que estuvo muy cerca. 
   Esa fue la última vez que la vio (hasta después del almuerzo).









Marcos Hillebrand.

sábado, 7 de junio de 2014

Axolotl (Julio Cortázar).

  Presente:
  Hoy no me resisto al atrevimiento de compartir un cuento de Julio Cortázar, perteneciente al libro Final del Juego, publicado en 1956 por la editorial mexicana Los Presentes.  
  Sin lugar a dudas después de leer Axolotl los comencé a ver a esos mismos bichitos de forma diferente, o a imaginármelos dicho mejor. Quisiera poder explicar y adelantar, o transmitir lo que intento pero no puedo decir, eso que me pasó. 
  Deleitase a usted Shaquerla compartiendo al gran autor recayente. 




                                                                       Axolotl              
                                                                                                                      Julio Cortázar    
                                                                                                                         El juego (1964)    

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lucidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

viernes, 6 de junio de 2014

Marcela y su contrapuesta.



   - Qué problema con vos - La observaba sin hablar. - Digo yo, qué dilema, qué problema sos - Y ella sigue sin hablar. - Qué problema. ¿Y ahora? ¿Y entonces? ¿Y vos? ¿Qué va ser de vos? - Ella seguía sin hablar, incluso le sonreía.
  Tan apenada la sonrisa se desarmó en una inspiración de aire brusca bajo una lágrima que comenzaba a tomar terreno.
  - ¿Y allí? ¿Qué hay allí? ¿Acaso hay algo en esa lágrima? - La observaba sin hablar. - ¿O es como vos? Vacía. ¡Como vos, vacía! No tenes sentimientos. Sos repudiable, Marcela. ¡Repudiable! - Ella no entendía, y se sorprendió. Se observaron los dos, pero a ella le fue inevitable echar su cara entre sus manos y llorar en silencio. Luego cerró los ojos y apretó los labios, inclinó su cabeza hacia el techo con iluminación tenue y parecía rogarle a un dios que ella tenía entendido no existía. No había a quien llorar, ni a quien suplicar. No hay a quien pedirle un sabio consejo en el puto mundo.
  - Miralo a tu marido, miralo. ¡Muerto! ¡Muerto! - Le repetía una y otra vez tomando entre sus manos la nuca de Marcela y agitándola con brusquedad.
  Marcela no entendía. Nunca había visto así a Gastón, y el nunca la había tocado, mucho menos con esa brusquedad. Pero había algo en él que siempre había detestado. Ahora estaba inculpándola, y Marcela no entendía. Marcela no entendía nada. Marcela no podía entender y no entendería. Aturdida comenzó a gritar a cuenta gotas. Pequeñas quejas que no aumentaban su volumen. No podía hacer nada al respecto, la voz no le alcanzaba ni le hacía caso, y sollozaba entonces arremetiendo una profunda inspiración de aire seguida por exhalaciones que no duraban nada, para inspirar otra vez con más fuerza y profundidad. Y así, con los ojos cerrados tomaba con sus dos manos el brazo de Gastón enredado entre sus cabellos despeinados, mientras la sacudía con mucho nervio.
  Se detuvo. Marcela observó aquel rostro asqueroso que tantas veces había evitado cuando se acercaba hacia donde estaban ella y Esteban, su ex marido ya difunto. Recordó cuánto lo detestaba. La mirada se le incendió y lo miró con furia.
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  Marcela había estado varias horas ya en el lugar, muchos allegados habían venido y marchado. Otros no habían venido, y algunos recién llegaban. Pero quedaban pocos, pareciera que todos olvidaron que la muerte se celebra. Es tan irónico.
  Hablar con María le había hecho bastante bien. Ella le aconsejó "que ya está", que trate de descargarse, que se ponga mejor, que así va a ser más fácil. Muchas cosas que María había pensado desde su casa, y que le había dicho antes de marcharse. Marcela había pasado tantas horas llorando como duró el velorio hasta su encuentro con María, y allí se calmó.
  Ella y Esteban estaban divorciados hacía 2 años. Aún hablaban, poco, pero al fin y al cabo, sin olvidarse. Quien organizó el velorio fue Marcela. Quien estuvo allí desde el inicio fue Marcela. Quien estaría hasta casi su final, sería Marcela.
  Sentada al lado del cajón, sin derramar lágrimas, más ya las había derramado todas. Ve llegar a Gastón, y él la ve, allí, sentada al lado de su difunto amigo, casi un hermano. Y ésta no derrama ni una lágrima, por su suerte y desgracia.
  Gastón al enterarse de la noticia lloró como no había llorado en su vida, y bebió como sí bebía. Se durmió y retrasó para el velorio, pero allí estaba, abriendose paso entre un olor a mortandad y vacío, entre nadie. Y la vio allí, Marcela, sola, sentada en la humilde silla de algarrobo al lado del cajón negro, iluminada por las luces tenues en el techo, sobre un suelo de cerámicas blancas brillantes, y junto a unos floreros de barro con flores, y coronas. Todo le retorció el pecho y el estómago, y ya no estaba más allí, estaba dentro del cajón, con Esteban.
  Se acercó despacio, esperando ver el sufrimiento en carne reflejado al rostro de Marcela. Marcela le sonrió, y esperaba un abrazo que nunca llegó. Él la invitó a pararse y estando a su lado tomó del hombro de Marcela. Entonces muy suave comenzó a hablarle.
  - Marcela, él era mi amigo, y está muerto. ¿Qué voy a hacer? - Mientras una lágrima descendía por el rostro blanco. - Marcela, ¿qué voy a hacer? ¿qué vamos a hacer? - Marcela lo miró y simplemente no dijo nada.
  Guardaron silencio un momento. Gastón esperaba confesiones, esperaba condolencias.
  - Marcela, él te quería tanto. Y vos ¿por qué no lo querías? - Ella miró directo a sus ojos y sin poder hablar quería decirle que estaba equivocado. De pronto tuvo miedo de que fuese eso real, que ella realmente no lo haya querido como creía. Pero ella lo amaba, y tanto que ahora estaba muerto. Y sintió que era su culpa el verlo allí, yaciendo dentro de un traje negro y una historia que no fue.
  Sus ojos tampoco supieron decirle nada a Gastón, que se mordía los nudillos para aguantar.
  - Qué problema con vos - Ella no decía nada, y él la observaba sin hablar - Digo yo, qué dilema, qué problema sos - No lo entendía, quiso llorar, pero aguantó. Pensó que simplemente estaba entrando en crisis y que ella debía consolarlo un momento- Qué problema. ¿Y ahora? ¿Y entonces? ¿Y vos? ¿Qué va ser de vos? - Solo le salía sonreír un poco. Pero quebró.
 -¿Y allí? ¿Qué hay allí? ¿Acaso hay algo en esa lágrima? - La observaba sin hablar. - ¿O es como vos? Vacía. ¡Como vos, vacía! No tenes sentimientos. Sos repudiable, Marcela. ¡Repudiable! - Sus gestos indicaban que estaba rogando a un dios que no existía. Pero no entendía en realidad, y sentía que alguien le gritaba, y recordaba a Esteban, y por dentro se sanjó en dos partes totalmente equidistantes. Y ya no era ni una ni otra, sino un cólera que subía como lava entre ambas partes. Sentía ahora que Gastón le gritaba, y que le tomaba de la nuca, y la sacudía. Trató de soltarse tomándole de sus brazos, pero era inútil. Seguía escuchando su voz como eco, y se aturdió.
  En seguida éste lo soltó. Se observaron. El cólera hizo de Marcela su contrapuesta. Empujó a Gastón con todas sus fuerzas y este cayó sin poder hacer equilibrio, tomó el florero de un metro de alto que al lado del cajón adornaba el lugar, y lo golpeó con fuerza en la cabeza de tantas veces como aguantó el fondo del adorno. El florero se destrozó, y cuando observó a Gastón, ya no era él, sino un montón de sangre inundando sus ojos y el rostro.
  Esteban estaba ahí, frío. Los muertos no hacen justicia, ni Marcela la violencia.

jueves, 5 de junio de 2014

Vera.

  Vera.

  Después de levantarme, más pesado y cansado que al acostarme, con once horas y un poco más de plácido sueño, fui al baño. Pese a las pantuflas y las medias de lana, el pantalón largo, y la remera de mangas, el frío me acariciaba el ombligo y la espalda, mis dientes se encargaban de chocarse y sonar por el temblequeo de mi cuerpo. De la nariz me chorreaban mocos y en los ojos me chorreaban los párpados, insoportables, al pedido de una parte de mí que seguía pendiente de volver a la cama y dormir como si fuese el fin del mundo. Entré al baño y me encontré con la ventana totalmente empañada, signo del frío húmedo (¡oh, que raro!). Oriné apoyando mi mano izquierda en la pared. Lavé mis dientes, fregué mi rostro, mojé mi cabello. Comenzó a enfriarse el agua que salía en un principio caliente y levantando vapor al tocar la loza fría. Rápidamente enjuagué mis manos y corté la circulación del agua girando el grifo. Soné mi nariz con papel higiénico, salí del baño.
  La ventana del departamento (obviamente y también), totalmente empañada. Qué día más horriblemente hermoso, pensé. Decidido a tomar café me dirigí hacia la alacena, al abrir uno de los compartimientos y encontrarme con el frasco de café instantáneo al lado del frasco con yerba, dudé. De verdad dudé como si de eso dependiera mi futuro, inclusive mi mañana. ¡Por supuesto que de eso dependía mi futuro! ¿Y si tomaba café cuando en realidad debería haber tomado mate? ¿Y si tomaba mate en lugar de tomar café?. Al ver unos saquitos de té me dije que en realidad, en un día como hoy nada era peor que prepararse un té. Así que tomé el frasco con yerba mate, lo abrí y sentí el rico aroma que emanaba de aquel mágico procesado de tan mágica planta. Enrosqué la tapa para cerrar otra vez el no tan mágico frasco y lo coloqué cuidadosamente donde anteriormente lo había encontrado. Tomé el de café. Lo preparé tan meticulosamente como el día lo merecía. Nunca un café me había sabido tanto a una buena decisión, al buen comienzo de una buena mañana horriblemente maravillosa. Miré el reloj: las 13:17, me rectifiqué: Nunca un café me había sabido tanto al buen comienzo de una tarde horriblemente maravillosa.
  Luego de terminar el café y dejar la taza junto a otra sin limpiar del día anterior, fui directo hacia la heladera. Al abrir me sorprendí por el panorama increíblemente desértico, no lo recordaba así. En fin habían dos tomates, media cebolla, media manzana oxidada, un plato de arroz preparado tan viejo que parecía crudo y algunas botellas que debían estar cargadas con agua, pero que estaban vacías. Decidí no almorzar; después de todo no tenía tanto hambre. Me senté en el cómodo sillón de descanso individual, de madera, con un almohadón que yo mismo  había comprado a una compañera de la facultad, muy buena calidad y buen gusto. Observé el techo. Observé la ventana empañada. Restregué mi mano sobre el vidrio para apreciar el paisaje urbano. Gris. Seguía siendo una tarde horriblemente maravillosa. Podía verse la caída de una lluvia precisa, rítmica, constante, fluida, espaciada. Una lluvia muy estética, una lluvia que a pesar de gustarme... me hacía sentir un poco solo.
  Observé la pila de libros que en algún momento había comenzado y que por esas inexplicables razones de una magia extraña habían decidido que yo los dejara de leer. Al lado, la pila un poco más grande de libros que esperaban su turno. Parecían tener una sutil mueca de asco entre ellos, casi sentía esa repulsión que se tenían. Así tan antipáticos los unos con los otros no me dieron ganas de leerlos, y los miré desafiante para que sepan que por su culpa hoy no los leería... Sin embargo, después de tan amenazante acto, me acerqué a los mágicamente abandonados. "A ver, a ver" les decía mientras los inspeccionaba, como buscando culpables, o inocentes. "A ver cuál... A ver quién lo merece...", les seguía hablando. Tomé "El lobo estepario" de Herman Hesse. Abrí donde había quedado anteriormente en la lectura y otra vez, después de dos oraciones, su poderosa magia actuó sobre mí y mis manos lo cerraron y colocaron en su lugar en un acto tan rápido como brusco. "Hoy no, Herman Hesse. Hoy no Harry Heller" les dije mientras volvía a mi cómodo observatorio, a observar -¡y que valga la redundancia!- la ciudad. Después de todo, no tenía tantas ganas de leer.
  Al de caer de una nube de ideas que no recuerdo y considerar que llevaba 25 minutos totalmente distraído, me reclamé que estaba aburrido. Tomé los apuntes que debía estudiar y con mucha decisión los leí durante 5 minutos. ¿También eran mágicos estos apuntes? ¡Una barbaridad! Después de todo, y después de nada también, no tenía tantas ganas de estudiar. "Ahhhh" grité subiendo de tono en cada "h". Quería morderme los dedos. "Podría tomar un té y hasta sería menos aburrido", pensé en mis adentros pero inmediatamente me respondí que estaba siendo exagerado.
  Como había tocado la guitarra durante varias horas la tarde-noche del día anterior, y teniendo en cuenta que no era el momento oportuno, ni ahora ni nunca, de despertar a los vecinos -además de ser éste un edificio de escuchadores y protestones-, descarté la idea de "hacer música". Y si, después de todo, tampoco tenía tantas ganas de tocar la guitarra.
  ¿Y Vera? ¿Qué será de Vera? Me lamentaba e insultaba a mi mismo -con insultos salidos de películas hollywoodenses, tan ridículos como "perro sarnoso" y otros peores- por aquella situación en que dejé que mi celular se escapara por entre mis dedos estando en el balcón. El celular era ahora pedacitos de plástico sobre la mesa de luz al lado de mi cama y/o intenciones de comprar otro; en cualquier caso no alcanzaban para tener ese tan preciado "otro". "Quizás, si no hubieses comprado los packs de latas de cerveza, ahora podrías tener otro celular" me decía a mi mismo mientras pensaba seriamente si era un buen momento para subir algunas al congelador, y luego beberlas sin remordimientos por haber destruido mi celular y no tener el dinero para reemplazarlo.
  Estoy seguro que podría describir la imagen de mi mismo, sentado frente a la ventana del departamento, sería algo más o menos así: un autorretrato con mi rostro a partir de un collage de imágenes fotográficas de clichés de una de esas películas que pasan por I.sat -donde el protagonista está un poco loco, tiene los párpados caídos, y se burla de si mismo-, y pensando en cosas como esas, que no tenían mucho sentido. En pocas palabras, me reía de mi mismo, tristemente burlón de aquella desgracia, con los párpados caídos, mirando a ningún lado, las manos en los bolsillos, y la espalda encorvada hacia delante como Gollum. Pero con menos protagonismo.
  Las cortinas en mi departamento son de color arena. Las paredes son amarillas, pero parecen blancas por dos razones: una es que pasaron años desde que alguien, que no fui yo, las pintó y no tuvo retoques desde entonces. Y segundo: que era un color suave ya desde sus inicios, si. De no haber sido por las paredes y las cortinas, el día sería totalmente gris. Y aburrido... Y gris... Y aburrido... "Podría mirar una película, ¡claro que sí!. ¡Pero no! sin televisor ni cable eso es imposible. ¡Oh, pero tengo Internet! Si, qué bien...Una lástima hayas olvidado, tan inteligentemente, el cargador de la portátil en casa de el otro tipo inteligente que tenes como amigo. Agustín, que tipo inteligentemente perdido del mundo". Me decía a mi mismo. Nuevamente me encontraba hablando solo.
  Después de pensar en tantas cosas tan absurdas comencé a sentirme un poco pesado, y mis cejas ahora se curvaron de forma tal que mi rostro retrataba lo que sentía en realidad. Estaba triste y solo, pero con mi terquedad al pie del cañón. No quería admitirlo. Estar aburrido no era el problema. Podría estar aburrido pero no solo, podría divertirme de tanto aburrimiento si estuviese al menos con Vera. Me di cuenta que la extrañaba. ¿Era porque estaba aburrido?
  Me sumergí de pronto en mi soledad, mi repentina tristeza, y mis pensamientos. Concluí en que no eran los libros los culpables de no leerlos, ni los vecinos los que impedían que toque la guitarra, ni la heladera vacía lo que me privaba de comer. No era el aburrimiento lo que me deprimía. Que necesite hablar con Vera, eso me sacaba las ganas y el hambre. Y yo ponía mis excusas como estandarte...que inteligentemente estúpido.
  ¿Qué será de Vera? Quería saber dónde estaba, o qué estaba haciendo. Podría sentarse al lado mío, la invitaría a mi observatorio, le tocaría la guitarra, le leería de mis libros, le cocinaría. ¿Qué estará haciendo?
   Me hubiese gustado que Picasso me representara en uno de sus cuadros, con toda mi soledad enterquecida y mi tristeza bien atrincherada, que despacio comenzaba a levantar los pisos, comprimir las paredes y bajar el techo. ¿Podría representarlo todo? ¿Y mis ojeras en el corazón? ¿Y mis párpados caídos? ¿Podría representarlo todo Picasso?
 Vera y su sonrisa me faltaban para completar el cuadro en el que me había escondido. Si, debía estar ella también, ¿qué sería de un cuadro de Picasso sin los dientes blancos de Vera? Vera debía estar conmigo en esa pintura ¿Qué sería de un cuadro de Picasso, inexplicablemente hermoso, sin su cabello de puntas color cobre natural, sin su voz ligeramente gangosa saliendo de forma divina en cada trazo, cada pincelada?, ¿qué haría de un cuadro de Picasso en el que aparecía yo, incrustado a mi observatorio, algo inexplicablemente hermoso, si no era Vera, si no eran sus gestos infantiles,  su mirada color miel tan discreta y penetrante, sus pecas pálidas sobre sus hombros frágiles que tanto sabían enseñarme sobre firmeza? ¿Qué sería de mí en un cuadro de Picasso inexplicablemente hermoso, sin Vera? sin su sonrisa que encubre su astucia y su ingenuidad. Sería solo una sombra escondida en el fondo. Y la pintura también sería nada, o algo vacío. Lejos estaría de ser algo inexplicablemente hermoso.
  Quise, en ese momento, pintar un cuadro así de hermoso, inexplicable, que reflejara la esencia de Vera, y regalárselo. Quise que estuviese a mi lado para aburrirnos juntos. Quise no deprimirme un poco más al pensar en su belleza, su lindura.
  De súbito dejé de soñar. Escuchar el triste y áspero sonido del que seguramente sería Don Alberto llamando por el portero me dio cuenta del tiempo que había pasado armando a Vera a mi lado, y de que no tenía tampoco tantas ganas de atender a Don Alberto. Pobre Don Alberto, no conozco persona tan curiosa e inoportuna, y lo que más pena me da es que se acerca con buenas intenciones: que si tengo gas, que si me alcanza el dinero para pagar la luz, que si me alcanza el dinero para pagar el agua, que si tengo yerba, que si me esta yendo bien, etc, etc. Lo aprecio, un buen vecino, pero definitivamente hoy no era el día ni el momento indicado para acercarse a huronear mi cueva.
  ¡Además de inoportuno, pobre, Don Alberto parece incansable! Después de tres largos timbrazos, yo seguía sentado con la cabeza bien metida entre los hombros, y con la cara expresando un malestar en potencia. No podría alcanzar a tener la frente tan o más arrugada que en ese momento, estaba seguro. Mientras calculaba las dimensiones de mi disgusto, esperaba el silencio definitivo del portero. Al fin parecía haberse agotado, o el portero descompuesto... cuando que de nuevo cortó el silencio del departamento aquel chirrido espantoso. Cabeceé hacia delante y me dije que el pobre hombre había insistido demasiado como para dejarlo sin subir. Así es que caminé rápido y, muy molesto, levanté el comunicador. Gritando "paseeee!", abrí magnéticamente la puerta de entrada desde el aparato.
Esperé 2 largos minutos hasta escuchar el golpeteo de sus arrugados nudillos sobre la puerta de madera lisa. Suspiré pesadamente, casi tanto que de haber escuchado, Don Alberto pensaría que tengo un caballo muy molesto en medio del comedor. Abrí la puerta como de costumbre, con lentitud, pero me encargué de que mi cara sepa expresarle a Don Alberto que no era un buen momento. Sin embargo los músculos de mi rostro no supieron hacerme caso y sonreí mientras temblaban mis pómulos. Apreté los labios sin poder evitarlo y sin dejar de mostrar los dientes y, con un "hola" suave,  abracé al que debía ser Don Alberto, pero que no era. Ver a Vera en el umbral, con sus botas color violeta y su paraguas verde, provocó que mi cueva detrás se rajara con una contundencia y suavidad que yo no conocía.
  Ahora se completaba el cuadro. Ahora Vera y su cabello de puntas color cobre natural estaban en él. Su voz ligeramente gangosa absorbía los rastros de apagado silencio que habían caído como polvo sobre todos los rincones de mi apartamento. Entraban volando despacio como fotones de luz sus gestos infantiles y tiernos. Su mirada cálida color miel, tan discreta y penetrante parecían saber que la extrañaba desesperadamente. Sus pecas pálidas no se dejaban ver, pero sabía que estaban allí, sobre sus hombros frágiles que con tanta firmeza soportan mi peso. Su sonrisa ya no encubría su astucia y su ingenuidad, su inocencia; esa sonrisa era ahora una ventana que lo dejaba ver.
  "El cuadro está completo, y es inexplicablemente hermoso", repetí hacia mis adentros, y comprendí que el que yo habría querido pintarle no era más que un lienzo desgarrado como un viejo trapo de piso, vestido de una vieja amargura que, segundos atrás, me había atosigado. Ahora su presencia hacía arder ese viejo lienzo bajo la lluvia que detrás de la ventana le sonreía. Ella se encargó de expulsarlo a un vacío deplorable. Lo hizo sin querer y eso aún no puedo explicarlo. Sin saber. Y esa magia me provocaba cocinar algo y comer juntos. Leerle poesía y verla cerrar los ojos. Cantar una canción y despertar a todos. Abrazarla para que no se vaya. Y contarle, que sin ella yo no era más que un sucio e inexpresivo cuadro anónimo, que ahora se deshacía bajo un día horriblemente maravilloso.


Marcos Hillebrand.