jueves, 5 de junio de 2014

Vera.

  Vera.

  Después de levantarme, más pesado y cansado que al acostarme, con once horas y un poco más de plácido sueño, fui al baño. Pese a las pantuflas y las medias de lana, el pantalón largo, y la remera de mangas, el frío me acariciaba el ombligo y la espalda, mis dientes se encargaban de chocarse y sonar por el temblequeo de mi cuerpo. De la nariz me chorreaban mocos y en los ojos me chorreaban los párpados, insoportables, al pedido de una parte de mí que seguía pendiente de volver a la cama y dormir como si fuese el fin del mundo. Entré al baño y me encontré con la ventana totalmente empañada, signo del frío húmedo (¡oh, que raro!). Oriné apoyando mi mano izquierda en la pared. Lavé mis dientes, fregué mi rostro, mojé mi cabello. Comenzó a enfriarse el agua que salía en un principio caliente y levantando vapor al tocar la loza fría. Rápidamente enjuagué mis manos y corté la circulación del agua girando el grifo. Soné mi nariz con papel higiénico, salí del baño.
  La ventana del departamento (obviamente y también), totalmente empañada. Qué día más horriblemente hermoso, pensé. Decidido a tomar café me dirigí hacia la alacena, al abrir uno de los compartimientos y encontrarme con el frasco de café instantáneo al lado del frasco con yerba, dudé. De verdad dudé como si de eso dependiera mi futuro, inclusive mi mañana. ¡Por supuesto que de eso dependía mi futuro! ¿Y si tomaba café cuando en realidad debería haber tomado mate? ¿Y si tomaba mate en lugar de tomar café?. Al ver unos saquitos de té me dije que en realidad, en un día como hoy nada era peor que prepararse un té. Así que tomé el frasco con yerba mate, lo abrí y sentí el rico aroma que emanaba de aquel mágico procesado de tan mágica planta. Enrosqué la tapa para cerrar otra vez el no tan mágico frasco y lo coloqué cuidadosamente donde anteriormente lo había encontrado. Tomé el de café. Lo preparé tan meticulosamente como el día lo merecía. Nunca un café me había sabido tanto a una buena decisión, al buen comienzo de una buena mañana horriblemente maravillosa. Miré el reloj: las 13:17, me rectifiqué: Nunca un café me había sabido tanto al buen comienzo de una tarde horriblemente maravillosa.
  Luego de terminar el café y dejar la taza junto a otra sin limpiar del día anterior, fui directo hacia la heladera. Al abrir me sorprendí por el panorama increíblemente desértico, no lo recordaba así. En fin habían dos tomates, media cebolla, media manzana oxidada, un plato de arroz preparado tan viejo que parecía crudo y algunas botellas que debían estar cargadas con agua, pero que estaban vacías. Decidí no almorzar; después de todo no tenía tanto hambre. Me senté en el cómodo sillón de descanso individual, de madera, con un almohadón que yo mismo  había comprado a una compañera de la facultad, muy buena calidad y buen gusto. Observé el techo. Observé la ventana empañada. Restregué mi mano sobre el vidrio para apreciar el paisaje urbano. Gris. Seguía siendo una tarde horriblemente maravillosa. Podía verse la caída de una lluvia precisa, rítmica, constante, fluida, espaciada. Una lluvia muy estética, una lluvia que a pesar de gustarme... me hacía sentir un poco solo.
  Observé la pila de libros que en algún momento había comenzado y que por esas inexplicables razones de una magia extraña habían decidido que yo los dejara de leer. Al lado, la pila un poco más grande de libros que esperaban su turno. Parecían tener una sutil mueca de asco entre ellos, casi sentía esa repulsión que se tenían. Así tan antipáticos los unos con los otros no me dieron ganas de leerlos, y los miré desafiante para que sepan que por su culpa hoy no los leería... Sin embargo, después de tan amenazante acto, me acerqué a los mágicamente abandonados. "A ver, a ver" les decía mientras los inspeccionaba, como buscando culpables, o inocentes. "A ver cuál... A ver quién lo merece...", les seguía hablando. Tomé "El lobo estepario" de Herman Hesse. Abrí donde había quedado anteriormente en la lectura y otra vez, después de dos oraciones, su poderosa magia actuó sobre mí y mis manos lo cerraron y colocaron en su lugar en un acto tan rápido como brusco. "Hoy no, Herman Hesse. Hoy no Harry Heller" les dije mientras volvía a mi cómodo observatorio, a observar -¡y que valga la redundancia!- la ciudad. Después de todo, no tenía tantas ganas de leer.
  Al de caer de una nube de ideas que no recuerdo y considerar que llevaba 25 minutos totalmente distraído, me reclamé que estaba aburrido. Tomé los apuntes que debía estudiar y con mucha decisión los leí durante 5 minutos. ¿También eran mágicos estos apuntes? ¡Una barbaridad! Después de todo, y después de nada también, no tenía tantas ganas de estudiar. "Ahhhh" grité subiendo de tono en cada "h". Quería morderme los dedos. "Podría tomar un té y hasta sería menos aburrido", pensé en mis adentros pero inmediatamente me respondí que estaba siendo exagerado.
  Como había tocado la guitarra durante varias horas la tarde-noche del día anterior, y teniendo en cuenta que no era el momento oportuno, ni ahora ni nunca, de despertar a los vecinos -además de ser éste un edificio de escuchadores y protestones-, descarté la idea de "hacer música". Y si, después de todo, tampoco tenía tantas ganas de tocar la guitarra.
  ¿Y Vera? ¿Qué será de Vera? Me lamentaba e insultaba a mi mismo -con insultos salidos de películas hollywoodenses, tan ridículos como "perro sarnoso" y otros peores- por aquella situación en que dejé que mi celular se escapara por entre mis dedos estando en el balcón. El celular era ahora pedacitos de plástico sobre la mesa de luz al lado de mi cama y/o intenciones de comprar otro; en cualquier caso no alcanzaban para tener ese tan preciado "otro". "Quizás, si no hubieses comprado los packs de latas de cerveza, ahora podrías tener otro celular" me decía a mi mismo mientras pensaba seriamente si era un buen momento para subir algunas al congelador, y luego beberlas sin remordimientos por haber destruido mi celular y no tener el dinero para reemplazarlo.
  Estoy seguro que podría describir la imagen de mi mismo, sentado frente a la ventana del departamento, sería algo más o menos así: un autorretrato con mi rostro a partir de un collage de imágenes fotográficas de clichés de una de esas películas que pasan por I.sat -donde el protagonista está un poco loco, tiene los párpados caídos, y se burla de si mismo-, y pensando en cosas como esas, que no tenían mucho sentido. En pocas palabras, me reía de mi mismo, tristemente burlón de aquella desgracia, con los párpados caídos, mirando a ningún lado, las manos en los bolsillos, y la espalda encorvada hacia delante como Gollum. Pero con menos protagonismo.
  Las cortinas en mi departamento son de color arena. Las paredes son amarillas, pero parecen blancas por dos razones: una es que pasaron años desde que alguien, que no fui yo, las pintó y no tuvo retoques desde entonces. Y segundo: que era un color suave ya desde sus inicios, si. De no haber sido por las paredes y las cortinas, el día sería totalmente gris. Y aburrido... Y gris... Y aburrido... "Podría mirar una película, ¡claro que sí!. ¡Pero no! sin televisor ni cable eso es imposible. ¡Oh, pero tengo Internet! Si, qué bien...Una lástima hayas olvidado, tan inteligentemente, el cargador de la portátil en casa de el otro tipo inteligente que tenes como amigo. Agustín, que tipo inteligentemente perdido del mundo". Me decía a mi mismo. Nuevamente me encontraba hablando solo.
  Después de pensar en tantas cosas tan absurdas comencé a sentirme un poco pesado, y mis cejas ahora se curvaron de forma tal que mi rostro retrataba lo que sentía en realidad. Estaba triste y solo, pero con mi terquedad al pie del cañón. No quería admitirlo. Estar aburrido no era el problema. Podría estar aburrido pero no solo, podría divertirme de tanto aburrimiento si estuviese al menos con Vera. Me di cuenta que la extrañaba. ¿Era porque estaba aburrido?
  Me sumergí de pronto en mi soledad, mi repentina tristeza, y mis pensamientos. Concluí en que no eran los libros los culpables de no leerlos, ni los vecinos los que impedían que toque la guitarra, ni la heladera vacía lo que me privaba de comer. No era el aburrimiento lo que me deprimía. Que necesite hablar con Vera, eso me sacaba las ganas y el hambre. Y yo ponía mis excusas como estandarte...que inteligentemente estúpido.
  ¿Qué será de Vera? Quería saber dónde estaba, o qué estaba haciendo. Podría sentarse al lado mío, la invitaría a mi observatorio, le tocaría la guitarra, le leería de mis libros, le cocinaría. ¿Qué estará haciendo?
   Me hubiese gustado que Picasso me representara en uno de sus cuadros, con toda mi soledad enterquecida y mi tristeza bien atrincherada, que despacio comenzaba a levantar los pisos, comprimir las paredes y bajar el techo. ¿Podría representarlo todo? ¿Y mis ojeras en el corazón? ¿Y mis párpados caídos? ¿Podría representarlo todo Picasso?
 Vera y su sonrisa me faltaban para completar el cuadro en el que me había escondido. Si, debía estar ella también, ¿qué sería de un cuadro de Picasso sin los dientes blancos de Vera? Vera debía estar conmigo en esa pintura ¿Qué sería de un cuadro de Picasso, inexplicablemente hermoso, sin su cabello de puntas color cobre natural, sin su voz ligeramente gangosa saliendo de forma divina en cada trazo, cada pincelada?, ¿qué haría de un cuadro de Picasso en el que aparecía yo, incrustado a mi observatorio, algo inexplicablemente hermoso, si no era Vera, si no eran sus gestos infantiles,  su mirada color miel tan discreta y penetrante, sus pecas pálidas sobre sus hombros frágiles que tanto sabían enseñarme sobre firmeza? ¿Qué sería de mí en un cuadro de Picasso inexplicablemente hermoso, sin Vera? sin su sonrisa que encubre su astucia y su ingenuidad. Sería solo una sombra escondida en el fondo. Y la pintura también sería nada, o algo vacío. Lejos estaría de ser algo inexplicablemente hermoso.
  Quise, en ese momento, pintar un cuadro así de hermoso, inexplicable, que reflejara la esencia de Vera, y regalárselo. Quise que estuviese a mi lado para aburrirnos juntos. Quise no deprimirme un poco más al pensar en su belleza, su lindura.
  De súbito dejé de soñar. Escuchar el triste y áspero sonido del que seguramente sería Don Alberto llamando por el portero me dio cuenta del tiempo que había pasado armando a Vera a mi lado, y de que no tenía tampoco tantas ganas de atender a Don Alberto. Pobre Don Alberto, no conozco persona tan curiosa e inoportuna, y lo que más pena me da es que se acerca con buenas intenciones: que si tengo gas, que si me alcanza el dinero para pagar la luz, que si me alcanza el dinero para pagar el agua, que si tengo yerba, que si me esta yendo bien, etc, etc. Lo aprecio, un buen vecino, pero definitivamente hoy no era el día ni el momento indicado para acercarse a huronear mi cueva.
  ¡Además de inoportuno, pobre, Don Alberto parece incansable! Después de tres largos timbrazos, yo seguía sentado con la cabeza bien metida entre los hombros, y con la cara expresando un malestar en potencia. No podría alcanzar a tener la frente tan o más arrugada que en ese momento, estaba seguro. Mientras calculaba las dimensiones de mi disgusto, esperaba el silencio definitivo del portero. Al fin parecía haberse agotado, o el portero descompuesto... cuando que de nuevo cortó el silencio del departamento aquel chirrido espantoso. Cabeceé hacia delante y me dije que el pobre hombre había insistido demasiado como para dejarlo sin subir. Así es que caminé rápido y, muy molesto, levanté el comunicador. Gritando "paseeee!", abrí magnéticamente la puerta de entrada desde el aparato.
Esperé 2 largos minutos hasta escuchar el golpeteo de sus arrugados nudillos sobre la puerta de madera lisa. Suspiré pesadamente, casi tanto que de haber escuchado, Don Alberto pensaría que tengo un caballo muy molesto en medio del comedor. Abrí la puerta como de costumbre, con lentitud, pero me encargué de que mi cara sepa expresarle a Don Alberto que no era un buen momento. Sin embargo los músculos de mi rostro no supieron hacerme caso y sonreí mientras temblaban mis pómulos. Apreté los labios sin poder evitarlo y sin dejar de mostrar los dientes y, con un "hola" suave,  abracé al que debía ser Don Alberto, pero que no era. Ver a Vera en el umbral, con sus botas color violeta y su paraguas verde, provocó que mi cueva detrás se rajara con una contundencia y suavidad que yo no conocía.
  Ahora se completaba el cuadro. Ahora Vera y su cabello de puntas color cobre natural estaban en él. Su voz ligeramente gangosa absorbía los rastros de apagado silencio que habían caído como polvo sobre todos los rincones de mi apartamento. Entraban volando despacio como fotones de luz sus gestos infantiles y tiernos. Su mirada cálida color miel, tan discreta y penetrante parecían saber que la extrañaba desesperadamente. Sus pecas pálidas no se dejaban ver, pero sabía que estaban allí, sobre sus hombros frágiles que con tanta firmeza soportan mi peso. Su sonrisa ya no encubría su astucia y su ingenuidad, su inocencia; esa sonrisa era ahora una ventana que lo dejaba ver.
  "El cuadro está completo, y es inexplicablemente hermoso", repetí hacia mis adentros, y comprendí que el que yo habría querido pintarle no era más que un lienzo desgarrado como un viejo trapo de piso, vestido de una vieja amargura que, segundos atrás, me había atosigado. Ahora su presencia hacía arder ese viejo lienzo bajo la lluvia que detrás de la ventana le sonreía. Ella se encargó de expulsarlo a un vacío deplorable. Lo hizo sin querer y eso aún no puedo explicarlo. Sin saber. Y esa magia me provocaba cocinar algo y comer juntos. Leerle poesía y verla cerrar los ojos. Cantar una canción y despertar a todos. Abrazarla para que no se vaya. Y contarle, que sin ella yo no era más que un sucio e inexpresivo cuadro anónimo, que ahora se deshacía bajo un día horriblemente maravilloso.


Marcos Hillebrand.

miércoles, 4 de junio de 2014

La Barrera.


Barreras, siempre barreras.
Simples barreras.
Clavadas al suelo, entre la niebla. Barren con todo.
No hay quien las arrumbe del camino. Simplemente no hay.
Simplemente barreras.
Siempre barreras.

Hablemos de La Barrera ahora.

Y la campana también.
Existe allí, antes de topar con la barrera, una campana.
Y quien tira de la cuerda unida a su badajo
para golpear el cuerpo de la campana también existe.
Y ésta emite su sonido.
Y hay además una luz roja rutilante que avisa cuando se está acercando uno mismo.

Pero uno mismo, aunque escucha la campana,
viendo aún la luz,
y sabiendo que allí topará.
Pues allí topará.

Así y todo pareciera uno encariñarse.
Algunas veces al menos.
Y lo lógico sería pensar que por estar allí cuando nada se ve
sea quizás una razón por la que se aferra algún brujulero,
sabe allí donde esta, pero no donde se limita.

¿Qué hace su dureza?
¿Por qué allí?
¿Por qué no antes?
¿Por qué no después?
¿Qué hace a la barrera?

Lo gracioso es que La Barrera de la que hablo lejos esta de ser una Tapia limitándonos a volver
y caminar una y otra vez sobre el mismo césped hasta gastarlo.
Lejos esta de ser la barrera de hielo Filchner-Ronne.
Mucho más de ser la Muralla China, claro está.

Cuando uno lo comprende, comprende un poco mejor...

[...]

¿Y la Campana?

¿Y la Roja luz?

¿Y la Niebla?


¿Y la Barrera?

De repente se encuentra uno preguntando "¿Dónde está la Barrera?"




Marcos Hillebrand.

martes, 3 de junio de 2014

No lo cures ya- Su locura ya-

Lo que cura no es siempre la locura.

La locura puede medirse
sobre todo en horas,
pero también en días.
...
De la locura depende una decisión,
y depende de cuánto dure,
la elección puede ser sabia o su cara contrapuesta.
...
Así como cada locura que no se halla entre las demás,
la mía decide medirse en años,
o en el mejor de los casos, en meses.
Y si, por algo es que siempre me unto de mis estupideces.
...
Y hagamos simples las cosas:
No adoptes mi locura por adoptar mi corazón.
No hagas de tu corazón el mío.
No midas tu locura en años, o meses.
...

Por favor, no hagas estupideces.



Marcos Hillebrand.



domingo, 1 de junio de 2014

Densidad Ilegible.

La Densidad Ilegible. 
                            Dulcemente densa. 
                                                     Intensamente entrañable.
                                                                                         ¡Ah!

Replantease la búsqueda.
  
Si en el ocaso se oculta el sol y al amanecer renace. La luna llueve tras las nubes y las nubes llueven a la luna, tocada por el hombre, ya en verdad, o ya en ficción. Tocada por el hombre al fin. Y el sol ¿cuándo tocaremos el sol? ¿Será necesario quemarnos y aprender allí que eramos nada más que monos jugando con fuego?

Haciendo al humo cascada.

  Yo no puedo imaginar al fuego que arde por sí mismo sin humo. Tampoco puedo imaginar un humo frío. Inevitablemente el humo que sale del fuego puro, es caliente. El humo, entonces, es inevitablemente caliente si el fuego lo es. Plantéese usted un humo frío saliendo de fuego caliente, o una voz en silencio que sale de una boca sembrada.

  
                                                              Densidad Ilegible.
  Mirar, húmedo frío de la lluvia, y la música que canta, y la masa que espera, y su densidad, su dulzura. Dulcemente densa, que barbaridad. Y el mar que agobia,y mi pecho que se oculta bajo las ganas de explotar, y mi boca que no sabe como desahogar, y me ahogo en mi pecho, tan difícil de descubrir, tan difícil de explorar. Y respiro profundo, y no entra el aire suficiente en mis pulmones, y mi pecho sin embargo se infla como solo se infla mi pecho. Y sin decir nada grito, y sin hablar nada grito, y sin herirme me caigo, y sin caerme me hundo. Y sin hundirme tomo una cerveza, pero tomo una cerveza y después me hundo. Y ¿qué hiciste? ¿Qué hiciste que ahora estamos tan así? Tan olvidados estamos. Tan escondida vos de mi. Tan escondido yo de vos ¿Hace falta siempre un idiota que intente interrumpir lo que no se puede interrumpir? Siempre los idiotas son inoportunos y arruinan lo que pienso. ¿Es necesario que yo también sea un idiota? ¿Es necesario que yo lo arruine todo?

   Y en el agua del estanque se refleja la luna. Y en el agua del estanque se refleja mi luna. Y en la luna se refleja tu mirada. Tan lejos. Tan húmeda.


viernes, 30 de mayo de 2014

El Disco (Jorge Luis Borges).

  Y un día el Shaquerla se iluminó: Gracias Nico!



Marcos, 
  
  No pecaré del cliché de adularte por el material onírico del que está hecho tu Blog. (Risas cuidadas). Seguí por este camino y quizás algún día encuentres la palabra buscada por Borges en UNDR (al cual remito).
  
  Para aportar a este sueño compartido mediante el cual labramos el mundo o su representación, lo que es lo mismo, te propongo "El disco", un afable relato de Jorge Luis Borges que nos deleita con una suave música de apenas más que una sola carilla. Después vendrá la poesía de un inhallable objeto fantástico de un solo lado y el análisis cognitivo de la codicia como pecado y tema capital del cuento, pero eso ya es arbitrario.
   
  Desde ya la advertencia de que este cuento se debe leer en papel, y si esta atacado por el amarillo tiempo tanto mejor. 

  Cuando se lo terminé de leer a Santiago, me quedó mirando mudo y luego reclamó "Otro!". Ojalá fuese tan fácil.   
  
                                                                                                             Nicolás Agudiak.
                                                                                                      "El papá de Santi chiquito"      


                                                                    EL DISCO
                                                                                                                Jorge Luis Borges
                                                                                                              El libro de arena (1975)

 Soy leñador. El nombre no importa. La choza en que nací y en la que pronto habré de morir queda al borde del bosque. Del bosque dicen que se alarga hasta el mar que rodea toda la tierra y por el que andan casas de madera iguales a la mía. No sé; nunca lo he visto. Tampoco he visto el otro lado del bosque. Mi hermano mayor, cuando éramos chicos, me hizo jurar que entre los dos talaríamos todo el bosque hasta que no quedara un solo árbol. Mi hermano ha muerto y ahora es otra cosa la que busco y seguiré buscando. Hacia el poniente corre un riacho en el que sé pescar con la mano. En el bosque hay lobos, pero los lobos no me arredran y mi hacha nunca me fue infiel. No he llevado la cuenta de mis años. Sé que son muchos. Mis ojos ya no ven. En la aldea, a la que ya no voy porque me perdería, tengo fama de avaro pero ¿qué puede haber juntado un leñador del bosque? 

  Cierro la puerta de mi casa con una piedra para que la nieve no entre. Una tarde oí pasos trabajosos y luego un golpe. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto y viejo, envuelto en una manta raída. Le cruzaba la cara una cicatriz. Los años parecían haberle dado más autoridad que flaqueza, pero noté que le costaba andar sin el apoyo del bastón. Cambiamos unas palabras que no recuerdo. Al fin dijo: 

- No tengo hogar y duermo donde puedo. He recorrido toda Sajonia.- Esas palabras convenían a su vejez. Mi padre siempre hablaba de Sajonia; ahora la gente dice Inglaterra. 

  Yo tenía pan y pescado. No hablamos durante la comida. Empezó a llover. Con unos cueros le armé una yacija en el suelo de tierra, donde murió mi hermano. Al llegar la noche dormimos. 

  Clareaba el día cuando salimos de la casa. La lluvia había cesado y la tierra estaba cubierta de nieve nueva. Se le cayó el bastón y me ordenó que lo levantara. 

- ¿Por qué he de obedecerte? - le dije. 

- Porque soy un rey - contestó. 

  Lo creí loco. Recogí el bastón y se lo di. 

  Habló con una voz distinta. 

- Soy rey de los Secgens. Muchas veces los llevé a la victoria en la dura batalla, pero en la hora del destino perdí mi reino. Mi nombre es Isern y soy de la estirpe de Odín. 

- Yo no venero a Odín - le contesté -. Yo venero a Cristo. 

Como si no me oyera continuó: 

- Ando por los caminos del destierro pero aún soy el rey porque tengo el disco. ¿Quieres verlo? 
Abrió la palma de la mano que era huesuda. No había nada en la mano. Estaba vacía. Fue sólo entonces que advertí que siempre la había tenido cerrada. Dijo, mirándome con fijeza: 

- Puedes tocarlo. 

  Ya con algún recelo puse la punta de los dedos sobre la palma. Sentí una cosa fría y vi un brillo. La mano se cerró bruscamente. No dije nada. El otro continuó con paciencia como si hablara con un niño: 

- Es el disco de Odín. Tiene un solo lado. En la tierra no hay otra cosa que tenga un solo lado. Mientras esté en mi mano seré el rey. 

- ¿Es de oro? - le dije. 

- No sé. Es el disco de Odín y tiene un solo lado. 
Entonces yo sentí la codicia de poseer el disco. Si fuera mío, lo podría vender por una barra de oro y sería un rey. 

  Le dije al vagabundo que aún odio: 

- En la choza tengo escondido un cofre de monedas. Son de oro y brillan como el hacha. Si me das el disco de Odín, yo te doy el cofre. 
Dijo tercamente: 

- No quiero. 

- Entonces - dije - puedes proseguir tu camino. 

  Me dio la espalda. Un hachazo en la nuca bastó y sobró para que vacilara y cayera, pero al caer abrió la mano y en el aire vi el brillo. Marqué bien el lugar con el hacha y arrastré el muerto hasta el arroyo que estaba muy crecido. Ahí lo tiré. 
  Al volver a mi casa busqué el disco. No lo encontré. Hace años que sigo buscando.  

viernes, 23 de mayo de 2014

De frío manchada la pálida piel. Que bien le queda...

Esto es como para contar, porque nunca me pasó.
Con ella nos entregamos a la intemperie de la noche fría, un rato al menos,
porque después nos encanta abrazarnos y frotar nuestros abrigos, y nuestras pieles.
Y así, con la piel fría nos gusta querernos...
Por eso nos gusta el frío un poco.
Pero no el frío en calendario, el frío en presencia, y en esencia un poco menos,
porque nos gusta saber que nos ayudamos, que nos calentamos.
Nos gusta saber que nuestras pieles se extrañan.
Y por eso es como para contar, porque a mi nunca me pasó,
que la piel me pida desconocerme y buscarla,
para poder unirse de nuevo a mi, y a ella,
pidiendo lo caliente de sus yemas, lo suave de sus dedos
derritiendo mi cuerpo como cera, y uniendo de nuevo mis pedazos.
Y por eso el frío me gusta un poco, y antes no me gustaba...
...Antes no me gustaba porque estaba solo. Pero ahora me gusta el frío,
y a ella también, para poder abrazarme. Para poder abrazar, mi cuerpo frío.
Y tiritar no tanto, porque tiritar ya es un extremo.
Cuando tiritamos es hora de entrar de nuevo, y ahí si... abrazarnos.
Como si hubiesen pasado años en el balcón,
Como si mil y dos lunas hubiesen dominado la noche
y estuviésemos a punto de olvidarnos de ella, por tanto mirarnos a nosotros.
Mirarnos bien a los ojos, o mirarnos bien a los labios.
Y por eso nos gusta el frío, porque también, como la luna y el sol,
como el verano y la primavera, como su piel y mi piel,
se hace esperar, y cuando nos llama, cuando viene, se nota aquella su ausencia,
como cuando todo está perfecto, y se olvida uno de resguardar su fe.
Por eso nos gusta el frío, y tiritar no tanto, porque tiritar ya es un extremo,
Nos gusta el frío. Porque con las pieles frías, nos gusta abrazarnos.


Marcos Hillebrand.

jueves, 22 de mayo de 2014

Lagota.

¿Y cómo no se es obvio? La gota transparente conoce el agujero negro...y playo.

  Desprendiéndose del techo una gota, como desprendería de sus brazos una madre a su hijo único, que con nueve años carga la mochila al hombro y sube al tren que lo llevaría directo hacia algún agujero negro: La madre tomada de los brazos por tipos vestidos de gris, y el niño introducido de forma pacífica dentro del tren por tipos vestidos con una capa de invisibilidad. El niño sin llorar, la madre rasgándose el alma en un llanto ensordecedor, cargado de blasfemas, mientras que con la punta de sus dedos siente por última vez la suave piel de la mano de su hijo. Así se desprendía la gota del techo, y caía al agujero negro entre las rocas. Tan infinito como húmedo, tan indescifrable como descifrable, tan común, tan extraño.
  El agujero negro entre las rocas ve acercarse la gota en cámara lenta. Un cielo gris oscuro, con nubes color ceniza que adornan de forma fantástica el fondo de lo que sería una excelente fotografía, mientras se ilumina la gota por la luz de los rayos, y tiembla el suelo por el trueno. El agujero negro, sumido en la inmensidad del esteticismo de la gota en caída, teme y se recoge sobre su eterna profundidad, como escondiendo un alma frágil, imposible de ver entre tanta roca que hace al agujero negro en su esencia.
  Se acerca la gota, inmutada de su enormidad, al suelo. Le espera en éste, un agujero negro pálida donde, sin saber, la gota mojaría la eternidad, convirtiendo las estrellas en tierra, y el universo en suelo.
  Distendida, la gota encuentra su final al tocar el suelo, donde nace de una muerte al revés de los humanos. La gota nació estando muerta primero, para yacer otra vez en el frío de una nueva muerte, desconocida. Se cumple el despertar golpeando el suelo, y al instante, la gota falleció. Y distendida, repito, la gota es absorbida por el suelo y no queda nada de la gota en la superficialidad del mundo. Corriendo entre las raíces de un agujero negro tan marrón como podría ser un tronco, o dos troncos, la gota, frente a todo pronóstico, se encuentra una vez más con vida. Una vida distinta.
  Ya no existe más la gota, y el agujero negro, ignorando los efectos que en su interior ésta había y seguía generando, toma otra vez el poder místico que sus las demás gotas tanto temen, y toma fuerza de nuevo, y se cruza de brazos esperando a ver si otra "de esas" se acerca temerosa, como no lo había sido la anterior. Del techo se desprende por fin otra gota, tomando la iniciativa de la ya "muerta" y absorbida compañera, y el agujero negro no comprende, y ve acercarse la gota, entre rayos y nubes, que rugen el doble y se oscurecen todavía más. Entonces el agujero negro ya deja de ser agujero negro una vez más, y se convierte en pálido agujero verde. Y la gota termina de desprenderse, ya no como una madre de su hijo, ahora como un enfermo de su enfermedad. Y cae. Y estremece al día, y la vida. Y todas las siguen. Y mojan tanto el suelo que las rocas se hunden en un lodo denso. Y éste, de pronto, habiendo nacido del miedo, es devorado como ninguna gota había visto jamás.
  Tanto temían las gotas a un agujero negro que no devoraba ni golpeaba, tanto, tanto, que ignoraban en realidad, que el temible era quien temía, y las que temían eran, entre todas, tan temibles como un agujero negro.


Marcos Hillebrand.