lunes, 30 de junio de 2014

Barro tal vez (Luis Alberto Spinetta)

Barro tal vez. 
 Disco Kamikaze, 1982 
Luis Alberto Spinetta

Si no canto lo que siento, 
me voy a morir por dentro...
He de gritarle a los vientos hasta reventar,
aunque solo quede tiempo en mi lugar.

Si quiero me toco el alma,
pues mi carne ya no es nada...
He de fusionar mi resto con el despertar,
aunque se pudra mi boca por callar.

Ya lo estoy queriendo,
ya me estoy volviendo canción...
...barro, tal vez...

Esta es mi corteza donde el hacha golpeará,
donde el río secará para callar.

Y es que ésta es mi corteza donde el hacha golpeará,
donde el río secará para callar.

Ya me apuran los momentos,
ya mi sien es un lamento.
Mi cerebro escupe ya el final del historial,
del comienzo que tal vez reemprenderá.

Si quiero me toco el alma,
pues mi carne ya no es nada.
He de fusionar mi resto con el despertar,
aunque se pudra mi boca por callar.

Ya lo estoy queriendo,
ya me estoy volviendo canción...
...barro, tal vez...

Y ésta es mi corteza donde el hacha golpeará,
donde el río secará para callar.

Y es que ésta es mi corteza donde el hacha golpeará,
donde el río secará para callar.


      Increíble.
Cuando lo canta es mejor,
igual.

domingo, 29 de junio de 2014

Aquel que vive bajo el mar...


¿Cómo le pongo a esto?




Caen las estrellas, azúcar estelar;
se rompe la mañana y no sé cómo gritar.
La oscuridad yace en el mar,
debajo de todo y encima de mi.

Hundido-

Cepas doradas, rojas, coral.
Abejas que dan miel de cristal
Aves de piel, hojas de sal,
Plumas que no quieren ser,
Plumas que no quieren ni volar.

Hundido-

La oscuridad yace en el mar, 
debajo de todos y encima de mi.

Aves de piel, hojas de sal,
Plumas que no quieren ser,
Plumas que no quieren ni volar.

Hundido-
Ph: Marcos Mattos.
La foto no es tan gris como lo es el "poema", pero es una foto de puta madre;
 ¡bárbaro! ¡bravo!


Por último: 

    No suelo acotar al final de las entradas, mucho menos de la "poesía" ("poesía" como "poesía fermentada"), sin embargo cabe explicar que el orden hace a la playa desierto, o al desierto playa. No es por más ni por menos que se repiten los versos, mejor decir que el orden y la repetición expuesta dan un giro completo a la profundidad del relato del hundido, aquel que vive bajo el mar.



Marcos
      Hillebrand.

domingo, 22 de junio de 2014

Veintisiete, veintiocho.



Veintisiete, veintiocho. 
Shaquerla.blogspot.com
                   Marcos Hillebrand.


Capítulo 2:

Escena 1: 
              Él. 


¿Cuántos saltos ya van? ¿Cuántos pasos ya van? ¿1, 2, 3? ¿Por qué sacude las hojas secas y moja sus zapatillas? ¿Me ve? Por supuesto que no. Son veinte metros, o un poco más. No es este el mejor banco del mundo, pero estoy cerca y la veo sin que me vea. Cuatro pasos ya van. Uno más, cinco. 

Me vio... ¿y ahora? ¿Qué hago? Después de todo no había tanta gente, por supuesto que me vería. Estamos solos en la plaza, no hay nadie, nadie hay entonces para mirar. Solo yo y sus pasos. Seis, siete, ocho, nueve. ¿Diez? Diez, once, doce. Están muy mojados sus pies. Se acerca despacio. No tengo que mirar directo a sus ojos. Pero si no tengo que mirar ¿cómo sé cuándo va a estar al lado mío? Tengo que mirar. Tengo que mirar. Trece, catorce, quince. Patea las hojas secas, las pisa, se moja los pies. Dieciséis, diecisiete, dieciocho. Tengo que cerrar los ojos, taparme las orejas, apretar los dientes, agachar la cabeza. Diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro. Silencio, no miro, no escucho, no hablo, no escucho, no. Silencio. ¿veinticinco? ¿veintiséis? 
-"Jm", ¿por qué me estás mirando tanto? - ¿Qué fue eso? ¿curiosidad? parece curiosidad.
- Per...per...perdón - No te pongas nervioso, hombre.



Escena 2: 

     Ella.
         Uno, dos, tres, cuatro... ¿Por qué me mira? ¡Ay!, un charco. Cinco, seis, siete, ocho...¿por qué me mira? Solo tengo que mirar por el rabillo del ojo, no tiene que ver lo miro, se puede poner nervioso. Nueve, diez, once. ¡Ay! me está poniendo nerviosa. Voy a ir. 
-"Jm"", ¿por qué me estás mirando tanto? - Creo que soné un poco severa ¿se pondrá nervioso? Ay, espero que no. 
- Per...per...perdón - ¡Sabía! soy tonta. Fui muy severa, se puso nervioso. ¿Y ahora? Voy a ser amable pero le voy a explicar, sino no puedo jugar. 
- Dejá de mirar cómo juego, ¿si? no me dejas concentrarme y me da vergüenza. -Sí, así estuvo bien. Sí, creo que sí.
-Per...per...perdón - 
¿Por qué no me mira? Está muy nervioso. 
-Ahí ya viene mamá, por suerte. Abuelo me voy allá otra vez a jugar, decile a mamá que me guarde el helado un rato.
-A...A...¿Abuelo?





Capítulo 1:



Escena 1: 

   Buena conducta.
        - Mirá Antonella, vamos a la plaza pero si te portas bien. ¿Te vas a portar bien? - 
- Si mamá, me voy a portar bien. - Mientras, el abuelo esperaba en el auto, un renault clio rojo.


Escena 2:

   El abuelo.
        - Me voy a comprar unos helados. Vos sabes como es el abuelo, a veces se pone raro y puede hasta parecerse a tus compañeritos de 7 años, así que tratalo bien - Dijo la mamá mientras observaba de reojo al abuelo, sentado en el banco verde un poco despintado, quietito, mirando los árboles. 
- Si...mamá. Me voy allá donde está más seco. Ahí donde están todas las hojas secas. 
- Bueno, ya vengo. Portate bien Antonella.



Capitulo 3:



Escena última: 

                    Fin.

martes, 17 de junio de 2014

¿Necesito? No, prefiero.

Necesito. Realmente necesito estar acá, de alguna forma. Necesito estar acá. 
En letra o en verso, en aire o en bruma. Necesito estar acá.
Necesito poder tomarme de las manos y desvanecerme sobre nada,
y sobre todo. Necesito estar acá, y llegar a todas partes desvanecido,
para no ser mas todo, y siendo nada no ser tan duro ni lastimarme,
ni lastimarte. Necesito estar acá, necesito ahora mismo caer,
como viento, como polvo, como una voz que se cuadra en el espacio. 
Necesito estar acá, lo necesito más que creer que puedo lograrlo. 
Desvanecerme en aparecidas letras, o versos, o aire, o bruma.
O lluvia y chocar con las hojas verdes de los árboles de la ciudad,
y escucharme cayendo, una y otra vez. Si, eso es lo más importante,
escucharme cayendo sobre las hojas verdes.
O puedo ser trueno también, relámpago. Venir e irme una vez más.
¿Por qué no pluma de águila? Desprenderme desde allá,
desde donde la veo, volando sola y observando.
Necesito volar también, y olvidar este polvo que también es parte de mi.
Y yo también soy parte, por desvanecerme.
O por querer desvanecerme.
Después de todo prefiero ser bruma o viento.
Prefiero ser letra o verso.


Marcos Hillebrand.

lunes, 16 de junio de 2014

¿Y? ¿Qué pasó?


¿Y? ¿Qué pasó?  

  Al verla se tentó. Sin dudas debía tocarla, en silencio, sin que nadie lo viera. Debería acercarse despacio entre la gente que conversaba sin prestarle atención ni a uno ni a otro. Eran varios metros para alcanzar a tocarla, al menos con alguno de sus dedos, de cualquiera de sus manos, solo debía tocarla. Estaba lejos, si, él sabía, pero estaba seguro que aunque a veces la perdiera de vista, allí estaba. Estaba seguro, completamente seguro. Asomó la cabeza por el umbral de la puerta abierta de par en par. Nadie aún lo veía. 
  Le encantaba la casa, siempre observaba sus pisos negros, y aunque entendía poco, sabía que eran los pisos bien lustrados lo que le enloquecían de gusto, y la alfombra también, tan clara y tan limpia siempre. Le gustaban mucho, pero ahora la había visto a ella y nada haría que se distraiga.
  Avanzó con sigilo unos pasos hasta detrás de uno de los sillones individuales de color té con leche. Aún nadie observaba los movimientos sospechosos. Todos seguían hablando con todos y no prestaban atención ni a uno ni al otro. Todos, tío y abuelo, abuela y nieto, nieta y abuelo, tía y sobrino, todos hablaban sin prestar atención a lo que estaba a punto de ocurrir.
  Se sacó los zapatos para que nadie lo oyera escurrirse, casi entre sus piernas. Una habilidad única para pasar desapercibido. Era increíble que nadie lo hubiese visto aún a esas alturas del acto. 
  Parecía mudo, o quizás no sabía hablar. A penas respiraba, a penas omitía ruidos. Ligero, sagaz. Seguía escurriéndose, ahora detrás del segundo sillón individual. Había pasado por debajo de la "mesa ratona" y por delante del sillón grande vacío. Ya estaba más cerca. Casi podía sentir su olor. La observaba y ultimaba los detalles de sus últimos movimientos, no debía equivocarse por nada del mundo. 
  Pasó la abuela, una anciana amable y de buen paso. No lo vio. Suspiró y se calmó. Casi había querido llorar al ver su plan a punto de quebrarse. Debía correr hasta la pared perpendicular al pequeño pasillo que formaba la pared que separaba la cocina con las habitaciones y una delicada biblioteca que iba desde el suelo hasta el cielo raso. Allí debía permanecer un momento y luego correr hasta debajo de la mesa negra, donde debería esperar un segundo a que pasara de nuevo la abuela y quedara entonces solo y cerca, tanto que podría tocarla, e inclusive llevársela y hacer lo que quisiese con ella, que seguía quieta, sin que nadie la estuviese vigilando. 
  Corrió, resbaló resbaló sobre el piso lustrado, cayó y se levantó rápidamente. Se apoyó contra la pared y aprovechó que nadie observaba para correr una vez más, hasta debajo de la mesa. Allí estaba, respirando profundo, sin que nadie lo viera. Inspiró profundo y salió de su escondite. Cuando estuvo a punto de tocarla con sus manos, a punto de tomarla, escuchó una voz que gritaba. Cerró los ojos y se estiró lo más que pudo.
  - ¡Tomás! ¿Qué estás haciendo? ¡Te estaba buscando! - Era una voz chillona, y aguda, muy fuerte. Pero no tan horrorizada. 
  Sintió que le tomaban de sus brazos y lo levantaban por el aire. Entonces supo que estuvo a punto, pero que ahora era imposible tomarla, ni siquiera tocarla. Y la observaba, tan perfecta, la quería toda, y no pudo ponerle tan solo un dedo encima para lamer después. 
Obra: Mirtha Qués.
Ph: Santiago Hillebrand.
  - ¡Tomás! ¿Qué comiste? - Escuchó decir una vez más mientras sentía que le tocaban el pañal y le inspeccionaban a ver qué era ese olor. Supo que lo llevaban al baño. Al doblar el pasillo la vio por última vez y supo que estuvo muy cerca. 
   Esa fue la última vez que la vio (hasta después del almuerzo).









Marcos Hillebrand.

sábado, 14 de junio de 2014

Enloquecido y Enmohecido.

 
  A ver quién conoce estas palabras:
"¿Que tal si deliramos, por un ratito?"

  Va:

Es un libro que cae al revés, por ahí tiene algo que ver.
Ph: María Florencia Cáceres.
Dibujo: Yo, Marcos Hillebrand.
  Yo creo que no todas las cosas que uno hace mal son precisamente cosas malas, a veces el dolor de cabeza es tan grande como una peste alambrándose y al mismo tiempo pequeña como una comunicación exigente. Creo también que enloquecido y enmohecido son dos cosas distintas, cuando una recarga de energías, la otra lo hace de cosas malas y pegajosas que son, sin querer, dolores de cabeza gigantes. Por último creo que haber crecido creyendo cosas que ahora no creo, cosas que ahora creo en realidad son mentira, me ha enmohecido, y me ha dado dolores de cabeza gigantes, pero he enloquecido con el paso del tiempo y con el viento que hace al eco de mis voces, y es allí donde todo disminuyó hasta casi una comunicación exigente, e inexistente, entre las cosas que uno hace mal pero que al final, no son precisamente cosas malas, porque enloquecido y enmohecido, son cosas totalmente distintas.
  Y tanto enmohecido como enloquecido, enloquece y enmohece el tiempo las articulaciones. Pobre hombre moho, tan loco.



Marcos Hillebrand.

miércoles, 11 de junio de 2014

El sauce llorón.


Fuerte es el viento que sacude desde adentro,
como fuerte son las raíces de mi sauce.
Y fuertes son los soldados del olvido,
como fuerte es la muralla que los aleja.

Mi sauce olvida que es solo recuerdo,
y que las murallas son su soledad.
Y llora mi sauce abriendo su corteza en dos.
¿Está dispuesto a tu voz que lo talaría?

Se acercan los soldados,
pero el sauce olvida que es recuerdo,
y el olvido es parte del sauce,
que si fuese al menos un poco de olvido,
sería polvo y volaría con el viento.
Y dejaría de llorar.
¿Llegarían así los soldados a su centro?
¿Podría tu voz talar el sauce que sigue sin perecer?


Marcos Hill.