Lo que cura no es siempre la locura.
La locura puede medirse
sobre todo en horas,
pero también en días.
...
De la locura depende una decisión,
y depende de cuánto dure,
la elección puede ser sabia o su cara contrapuesta.
...
Así como cada locura que no se halla entre las demás,
la mía decide medirse en años,
o en el mejor de los casos, en meses.
Y si, por algo es que siempre me unto de mis estupideces.
...
Y hagamos simples las cosas:
No adoptes mi locura por adoptar mi corazón.
No hagas de tu corazón el mío.
No midas tu locura en años, o meses.
...
Por favor, no hagas estupideces.
Marcos Hillebrand.
martes, 3 de junio de 2014
domingo, 1 de junio de 2014
Densidad Ilegible.
La Densidad Ilegible.
Dulcemente densa.
Intensamente entrañable.
¡Ah!
Replantease la búsqueda.
Si en el ocaso se oculta el sol y al amanecer renace. La luna llueve tras las nubes y las nubes llueven a la luna, tocada por el hombre, ya en verdad, o ya en ficción. Tocada por el hombre al fin. Y el sol ¿cuándo tocaremos el sol? ¿Será necesario quemarnos y aprender allí que eramos nada más que monos jugando con fuego?
Haciendo al humo cascada.
Yo no puedo imaginar al fuego que arde por sí mismo sin humo. Tampoco puedo imaginar un humo frío. Inevitablemente el humo que sale del fuego puro, es caliente. El humo, entonces, es inevitablemente caliente si el fuego lo es. Plantéese usted un humo frío saliendo de fuego caliente, o una voz en silencio que sale de una boca sembrada.
Densidad Ilegible.
Mirar, húmedo frío de la lluvia, y la música que canta, y la masa que espera, y su densidad, su dulzura. Dulcemente densa, que barbaridad. Y el mar que agobia,y mi pecho que se oculta bajo las ganas de explotar, y mi boca que no sabe como desahogar, y me ahogo en mi pecho, tan difícil de descubrir, tan difícil de explorar. Y respiro profundo, y no entra el aire suficiente en mis pulmones, y mi pecho sin embargo se infla como solo se infla mi pecho. Y sin decir nada grito, y sin hablar nada grito, y sin herirme me caigo, y sin caerme me hundo. Y sin hundirme tomo una cerveza, pero tomo una cerveza y después me hundo. Y ¿qué hiciste? ¿Qué hiciste que ahora estamos tan así? Tan olvidados estamos. Tan escondida vos de mi. Tan escondido yo de vos ¿Hace falta siempre un idiota que intente interrumpir lo que no se puede interrumpir? Siempre los idiotas son inoportunos y arruinan lo que pienso. ¿Es necesario que yo también sea un idiota? ¿Es necesario que yo lo arruine todo?
Y en el agua del estanque se refleja la luna. Y en el agua del estanque se refleja mi luna. Y en la luna se refleja tu mirada. Tan lejos. Tan húmeda.
viernes, 30 de mayo de 2014
El Disco (Jorge Luis Borges).
Y un día el Shaquerla se iluminó: Gracias Nico!
Marcos,
No pecaré del cliché de adularte por el material onírico del que está hecho tu Blog. (Risas cuidadas). Seguí por este camino y quizás algún día encuentres la palabra buscada por Borges en UNDR (al cual remito).
Para aportar a este sueño compartido mediante el cual labramos el mundo o su representación, lo que es lo mismo, te propongo "El disco", un afable relato de Jorge Luis Borges que nos deleita con una suave música de apenas más que una sola carilla. Después vendrá la poesía de un inhallable objeto fantástico de un solo lado y el análisis cognitivo de la codicia como pecado y tema capital del cuento, pero eso ya es arbitrario.
Desde ya la advertencia de que este cuento se debe leer en papel, y si esta atacado por el amarillo tiempo tanto mejor.
Cuando se lo terminé de leer a Santiago, me quedó mirando mudo y luego reclamó "Otro!". Ojalá fuese tan fácil.
Nicolás Agudiak.
"El papá de Santi chiquito"
EL DISCO
Jorge Luis Borges
El libro de arena (1975)
Soy leñador. El nombre no importa. La choza en que nací y en la que pronto habré de morir queda al borde del bosque. Del bosque dicen que se alarga hasta el mar que rodea toda la tierra y por el que andan casas de madera iguales a la mía. No sé; nunca lo he visto. Tampoco he visto el otro lado del bosque. Mi hermano mayor, cuando éramos chicos, me hizo jurar que entre los dos talaríamos todo el bosque hasta que no quedara un solo árbol. Mi hermano ha muerto y ahora es otra cosa la que busco y seguiré buscando. Hacia el poniente corre un riacho en el que sé pescar con la mano. En el bosque hay lobos, pero los lobos no me arredran y mi hacha nunca me fue infiel. No he llevado la cuenta de mis años. Sé que son muchos. Mis ojos ya no ven. En la aldea, a la que ya no voy porque me perdería, tengo fama de avaro pero ¿qué puede haber juntado un leñador del bosque?
Cierro la puerta de mi casa con una piedra para que la nieve no entre. Una tarde oí pasos trabajosos y luego un golpe. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto y viejo, envuelto en una manta raída. Le cruzaba la cara una cicatriz. Los años parecían haberle dado más autoridad que flaqueza, pero noté que le costaba andar sin el apoyo del bastón. Cambiamos unas palabras que no recuerdo. Al fin dijo:
- No tengo hogar y duermo donde puedo. He recorrido toda Sajonia.- Esas palabras convenían a su vejez. Mi padre siempre hablaba de Sajonia; ahora la gente dice Inglaterra.
Yo tenía pan y pescado. No hablamos durante la comida. Empezó a llover. Con unos cueros le armé una yacija en el suelo de tierra, donde murió mi hermano. Al llegar la noche dormimos.
Clareaba el día cuando salimos de la casa. La lluvia había cesado y la tierra estaba cubierta de nieve nueva. Se le cayó el bastón y me ordenó que lo levantara.
- ¿Por qué he de obedecerte? - le dije.
- Porque soy un rey - contestó.
Lo creí loco. Recogí el bastón y se lo di.
Habló con una voz distinta.
- Soy rey de los Secgens. Muchas veces los llevé a la victoria en la dura batalla, pero en la hora del destino perdí mi reino. Mi nombre es Isern y soy de la estirpe de Odín.
- Yo no venero a Odín - le contesté -. Yo venero a Cristo.
Como si no me oyera continuó:
- Ando por los caminos del destierro pero aún soy el rey porque tengo el disco. ¿Quieres verlo?
Abrió la palma de la mano que era huesuda. No había nada en la mano. Estaba vacía. Fue sólo entonces que advertí que siempre la había tenido cerrada. Dijo, mirándome con fijeza:
- Puedes tocarlo.
Ya con algún recelo puse la punta de los dedos sobre la palma. Sentí una cosa fría y vi un brillo. La mano se cerró bruscamente. No dije nada. El otro continuó con paciencia como si hablara con un niño:
- Es el disco de Odín. Tiene un solo lado. En la tierra no hay otra cosa que tenga un solo lado. Mientras esté en mi mano seré el rey.
- ¿Es de oro? - le dije.
- No sé. Es el disco de Odín y tiene un solo lado.
Entonces yo sentí la codicia de poseer el disco. Si fuera mío, lo podría vender por una barra de oro y sería un rey.
Le dije al vagabundo que aún odio:
- En la choza tengo escondido un cofre de monedas. Son de oro y brillan como el hacha. Si me das el disco de Odín, yo te doy el cofre.
Dijo tercamente:
- No quiero.
- Entonces - dije - puedes proseguir tu camino.
Me dio la espalda. Un hachazo en la nuca bastó y sobró para que vacilara y cayera, pero al caer abrió la mano y en el aire vi el brillo. Marqué bien el lugar con el hacha y arrastré el muerto hasta el arroyo que estaba muy crecido. Ahí lo tiré.
Al volver a mi casa busqué el disco. No lo encontré. Hace años que sigo buscando.
viernes, 23 de mayo de 2014
De frío manchada la pálida piel. Que bien le queda...
Esto es como para contar, porque nunca me pasó.
Con ella nos entregamos a la intemperie de la noche fría, un rato al menos,
porque después nos encanta abrazarnos y frotar nuestros abrigos, y nuestras pieles.
Y así, con la piel fría nos gusta querernos...
Por eso nos gusta el frío un poco.
Pero no el frío en calendario, el frío en presencia, y en esencia un poco menos,
porque nos gusta saber que nos ayudamos, que nos calentamos.
Nos gusta saber que nuestras pieles se extrañan.
Y por eso es como para contar, porque a mi nunca me pasó,
que la piel me pida desconocerme y buscarla,
para poder unirse de nuevo a mi, y a ella,
pidiendo lo caliente de sus yemas, lo suave de sus dedos
derritiendo mi cuerpo como cera, y uniendo de nuevo mis pedazos.
Y por eso el frío me gusta un poco, y antes no me gustaba...
...Antes no me gustaba porque estaba solo. Pero ahora me gusta el frío,
y a ella también, para poder abrazarme. Para poder abrazar, mi cuerpo frío.
Y tiritar no tanto, porque tiritar ya es un extremo.
Cuando tiritamos es hora de entrar de nuevo, y ahí si... abrazarnos.
Como si hubiesen pasado años en el balcón,
Como si mil y dos lunas hubiesen dominado la noche
y estuviésemos a punto de olvidarnos de ella, por tanto mirarnos a nosotros.
Mirarnos bien a los ojos, o mirarnos bien a los labios.
Y por eso nos gusta el frío, porque también, como la luna y el sol,
como el verano y la primavera, como su piel y mi piel,
se hace esperar, y cuando nos llama, cuando viene, se nota aquella su ausencia,
como cuando todo está perfecto, y se olvida uno de resguardar su fe.
Por eso nos gusta el frío, y tiritar no tanto, porque tiritar ya es un extremo,
Nos gusta el frío. Porque con las pieles frías, nos gusta abrazarnos.
Marcos Hillebrand.
Con ella nos entregamos a la intemperie de la noche fría, un rato al menos,
porque después nos encanta abrazarnos y frotar nuestros abrigos, y nuestras pieles.
Y así, con la piel fría nos gusta querernos...
Por eso nos gusta el frío un poco.
Pero no el frío en calendario, el frío en presencia, y en esencia un poco menos,
porque nos gusta saber que nos ayudamos, que nos calentamos.
Nos gusta saber que nuestras pieles se extrañan.
Y por eso es como para contar, porque a mi nunca me pasó,
que la piel me pida desconocerme y buscarla,
para poder unirse de nuevo a mi, y a ella,
pidiendo lo caliente de sus yemas, lo suave de sus dedos
derritiendo mi cuerpo como cera, y uniendo de nuevo mis pedazos.
Y por eso el frío me gusta un poco, y antes no me gustaba...
...Antes no me gustaba porque estaba solo. Pero ahora me gusta el frío,
y a ella también, para poder abrazarme. Para poder abrazar, mi cuerpo frío.
Y tiritar no tanto, porque tiritar ya es un extremo.
Cuando tiritamos es hora de entrar de nuevo, y ahí si... abrazarnos.
Como si hubiesen pasado años en el balcón,
Como si mil y dos lunas hubiesen dominado la noche
y estuviésemos a punto de olvidarnos de ella, por tanto mirarnos a nosotros.
Mirarnos bien a los ojos, o mirarnos bien a los labios.
Y por eso nos gusta el frío, porque también, como la luna y el sol,
como el verano y la primavera, como su piel y mi piel,
se hace esperar, y cuando nos llama, cuando viene, se nota aquella su ausencia,
como cuando todo está perfecto, y se olvida uno de resguardar su fe.
Por eso nos gusta el frío, y tiritar no tanto, porque tiritar ya es un extremo,
Nos gusta el frío. Porque con las pieles frías, nos gusta abrazarnos.
Marcos Hillebrand.
jueves, 22 de mayo de 2014
Lagota.
¿Y cómo no se es obvio? La gota transparente conoce el agujero negro...y playo.
Desprendiéndose del techo una gota, como desprendería de sus brazos una madre a su hijo único, que con nueve años carga la mochila al hombro y sube al tren que lo llevaría directo hacia algún agujero negro: La madre tomada de los brazos por tipos vestidos de gris, y el niño introducido de forma pacífica dentro del tren por tipos vestidos con una capa de invisibilidad. El niño sin llorar, la madre rasgándose el alma en un llanto ensordecedor, cargado de blasfemas, mientras que con la punta de sus dedos siente por última vez la suave piel de la mano de su hijo. Así se desprendía la gota del techo, y caía al agujero negro entre las rocas. Tan infinito como húmedo, tan indescifrable como descifrable, tan común, tan extraño.
El agujero negro entre las rocas ve acercarse la gota en cámara lenta. Un cielo gris oscuro, con nubes color ceniza que adornan de forma fantástica el fondo de lo que sería una excelente fotografía, mientras se ilumina la gota por la luz de los rayos, y tiembla el suelo por el trueno. El agujero negro, sumido en la inmensidad del esteticismo de la gota en caída, teme y se recoge sobre su eterna profundidad, como escondiendo un alma frágil, imposible de ver entre tanta roca que hace al agujero negro en su esencia.
Se acerca la gota, inmutada de su enormidad, al suelo. Le espera en éste, un agujero negro pálida donde, sin saber, la gota mojaría la eternidad, convirtiendo las estrellas en tierra, y el universo en suelo.
Distendida, la gota encuentra su final al tocar el suelo, donde nace de una muerte al revés de los humanos. La gota nació estando muerta primero, para yacer otra vez en el frío de una nueva muerte, desconocida. Se cumple el despertar golpeando el suelo, y al instante, la gota falleció. Y distendida, repito, la gota es absorbida por el suelo y no queda nada de la gota en la superficialidad del mundo. Corriendo entre las raíces de un agujero negro tan marrón como podría ser un tronco, o dos troncos, la gota, frente a todo pronóstico, se encuentra una vez más con vida. Una vida distinta.
Ya no existe más la gota, y el agujero negro, ignorando los efectos que en su interior ésta había y seguía generando, toma otra vez el poder místico que sus las demás gotas tanto temen, y toma fuerza de nuevo, y se cruza de brazos esperando a ver si otra "de esas" se acerca temerosa, como no lo había sido la anterior. Del techo se desprende por fin otra gota, tomando la iniciativa de la ya "muerta" y absorbida compañera, y el agujero negro no comprende, y ve acercarse la gota, entre rayos y nubes, que rugen el doble y se oscurecen todavía más. Entonces el agujero negro ya deja de ser agujero negro una vez más, y se convierte en pálido agujero verde. Y la gota termina de desprenderse, ya no como una madre de su hijo, ahora como un enfermo de su enfermedad. Y cae. Y estremece al día, y la vida. Y todas las siguen. Y mojan tanto el suelo que las rocas se hunden en un lodo denso. Y éste, de pronto, habiendo nacido del miedo, es devorado como ninguna gota había visto jamás.
Tanto temían las gotas a un agujero negro que no devoraba ni golpeaba, tanto, tanto, que ignoraban en realidad, que el temible era quien temía, y las que temían eran, entre todas, tan temibles como un agujero negro.
Marcos Hillebrand.
Desprendiéndose del techo una gota, como desprendería de sus brazos una madre a su hijo único, que con nueve años carga la mochila al hombro y sube al tren que lo llevaría directo hacia algún agujero negro: La madre tomada de los brazos por tipos vestidos de gris, y el niño introducido de forma pacífica dentro del tren por tipos vestidos con una capa de invisibilidad. El niño sin llorar, la madre rasgándose el alma en un llanto ensordecedor, cargado de blasfemas, mientras que con la punta de sus dedos siente por última vez la suave piel de la mano de su hijo. Así se desprendía la gota del techo, y caía al agujero negro entre las rocas. Tan infinito como húmedo, tan indescifrable como descifrable, tan común, tan extraño.
El agujero negro entre las rocas ve acercarse la gota en cámara lenta. Un cielo gris oscuro, con nubes color ceniza que adornan de forma fantástica el fondo de lo que sería una excelente fotografía, mientras se ilumina la gota por la luz de los rayos, y tiembla el suelo por el trueno. El agujero negro, sumido en la inmensidad del esteticismo de la gota en caída, teme y se recoge sobre su eterna profundidad, como escondiendo un alma frágil, imposible de ver entre tanta roca que hace al agujero negro en su esencia.
Se acerca la gota, inmutada de su enormidad, al suelo. Le espera en éste, un agujero negro pálida donde, sin saber, la gota mojaría la eternidad, convirtiendo las estrellas en tierra, y el universo en suelo.
Distendida, la gota encuentra su final al tocar el suelo, donde nace de una muerte al revés de los humanos. La gota nació estando muerta primero, para yacer otra vez en el frío de una nueva muerte, desconocida. Se cumple el despertar golpeando el suelo, y al instante, la gota falleció. Y distendida, repito, la gota es absorbida por el suelo y no queda nada de la gota en la superficialidad del mundo. Corriendo entre las raíces de un agujero negro tan marrón como podría ser un tronco, o dos troncos, la gota, frente a todo pronóstico, se encuentra una vez más con vida. Una vida distinta.
Ya no existe más la gota, y el agujero negro, ignorando los efectos que en su interior ésta había y seguía generando, toma otra vez el poder místico que sus las demás gotas tanto temen, y toma fuerza de nuevo, y se cruza de brazos esperando a ver si otra "de esas" se acerca temerosa, como no lo había sido la anterior. Del techo se desprende por fin otra gota, tomando la iniciativa de la ya "muerta" y absorbida compañera, y el agujero negro no comprende, y ve acercarse la gota, entre rayos y nubes, que rugen el doble y se oscurecen todavía más. Entonces el agujero negro ya deja de ser agujero negro una vez más, y se convierte en pálido agujero verde. Y la gota termina de desprenderse, ya no como una madre de su hijo, ahora como un enfermo de su enfermedad. Y cae. Y estremece al día, y la vida. Y todas las siguen. Y mojan tanto el suelo que las rocas se hunden en un lodo denso. Y éste, de pronto, habiendo nacido del miedo, es devorado como ninguna gota había visto jamás.
Tanto temían las gotas a un agujero negro que no devoraba ni golpeaba, tanto, tanto, que ignoraban en realidad, que el temible era quien temía, y las que temían eran, entre todas, tan temibles como un agujero negro.
Marcos Hillebrand.
Recopilando V. Viejos versos olvidados y reencontrados.
"Figúrate, que no eres más un hombre..." (Almendra)
Pero de nadie
Me siento de colección por ahí
Por estos lados y porque si
Sin saberte decir de quién
Pero de nadie, te puedo afirmar.
Me siento de colección por ahí
Pero me puedo mover y así
Darme rosca y a zigzaguear
Voy cultivando la curiosidad.
Saldré a cantar, un balcón o dos
Me esperarán, con un vino y hoy
Aunque la noche va y el día volverá
Se cosechará la amistad.
Me gusta y doy fe de verme así
Tengo un sitio dentro de mi
Y afuera por si quiero pasear
Pudiéndome así encontrar, y dar.
Darme rosca y zigzaguear
Voy cultivando curiosidad.
Saldré a cantar, un balcón o dos
Me esperarán, con un vino y hoy
Aunque la noche va y el día volverá
Cosecharán la amistad.
Marcos Hillebrand (5-11-2012)
Pero de nadie
Me siento de colección por ahí
Por estos lados y porque si
Sin saberte decir de quién
Pero de nadie, te puedo afirmar.
Me siento de colección por ahí
Pero me puedo mover y así
Darme rosca y a zigzaguear
Voy cultivando la curiosidad.
Saldré a cantar, un balcón o dos
Me esperarán, con un vino y hoy
Aunque la noche va y el día volverá
Se cosechará la amistad.
Me gusta y doy fe de verme así
Tengo un sitio dentro de mi
Y afuera por si quiero pasear
Pudiéndome así encontrar, y dar.
Darme rosca y zigzaguear
Voy cultivando curiosidad.
Saldré a cantar, un balcón o dos
Me esperarán, con un vino y hoy
Aunque la noche va y el día volverá
Cosecharán la amistad.
Marcos Hillebrand (5-11-2012)
Recopilando IV. Viejos versos olvidados y reencontrados.
Suele no ser tan profundo
pero igual de revelador.
Y tan chico es el mundo
que te miro y pienso,
si también has perdido la voz
Son las horas como hormigas,
desgarradoras y homicidas.
Y una heterogénea solución,
mil pedazos que son imposibles de juntar
se juntan. Para cortarnos la piel...
¿También has perdido la voz?
"Canta a mi lado como yo no canto,
y cantaré a tu lado como tu no cantas",
cantamos en silencio los dos,
y volviendo a recobrar la voz.
¿Hemos olvidado al dolor?
¿Hemos recobrado la voz?
Marcos Hillebrand.
pero igual de revelador.
Y tan chico es el mundo
que te miro y pienso,
si también has perdido la voz
Son las horas como hormigas,
desgarradoras y homicidas.
Y una heterogénea solución,
mil pedazos que son imposibles de juntar
se juntan. Para cortarnos la piel...
¿También has perdido la voz?
"Canta a mi lado como yo no canto,
y cantaré a tu lado como tu no cantas",
cantamos en silencio los dos,
y volviendo a recobrar la voz.
¿Hemos olvidado al dolor?
¿Hemos recobrado la voz?
Marcos Hillebrand.
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