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miércoles, 5 de noviembre de 2014

Así


Así.

Marcos Hillebrand.
shaquerla.blogspot.com.ar



Invítame al sopor dulce
que antecede tu vuelo
de párpados cerrados
y grandes envergaduras,
de alas lánguidas
y endeble planeo hacia
el cenit en quién sabe dónde,
que sigue aguardándote con benevolencia.
Invítame a mí también.

Hazme en moldes,
hazme desde tu concienzuda entrega.
Hazme en consagración 
lo que en
alma
has
sido
siempre.
Hazme en invitación
lo que en
ganas
he
querido
siempre.

Muéstrame en silencio
lo que en palabras
no he podido
decir jamás. 

Enséñame, con párpados caídos,
dónde he de mirar
para encontrar
lo que en otros ojos
jamás encontraré.

Enséñame a buscar en vano,
entonces.
Invítame a volar 
para luego caer
-con estrépito clamor-
-con corridas lágrimas-
-con cabello al viento-

Muéstrame cómo rezar
sin creer más que
en el lugar de caída
o en el espacio vacío
donde guardan las súplicas
y miserias los
encapuchados
"de un mundo viejo"

Indícame el camino 
por el que, 
quizás,
pueda llegar a seguirte
el rastro,
alejado en tiempo,
en espacio,
en erudición
-existencial-,
algún día.

Algún día cuando te detengas, 
quizá te alcance,
si me invitas.

Algún día cuando te detengas,
será,
pero,
y de ser así,
prefiero no seguirte el rastro.
¡No te detengas!
No vuelvas ya,
es mejor así.

Siempre ha sido mejor así.

Fotografía: Jimena Castiñeyras
Flickr: https://www.flickr.com/photos/jimenacasti/

viernes, 18 de julio de 2014

Densidad ilegible II


Densidad Ilegible II
Marcos Ezequiel Hillebrand
shaquerla.blogspot.com.ar


Violín soñado.

          Violinistas Húngaros tocan la última pieza frente al emperador y sostienen el equilibrio que va cayendo de a poco como la nieve a los alrededores del continente europeo. Envueltos en sus melodías hablan con las manos y se defienden de las miradas. En un espacio pequeño, tras los demás instrumentos y tras los otros violinistas aparece el pequeño anciano de barba blanca y cabello seco. Siente el devenir de la música y el olor de la guerra. Sabe que una peste se acerca y que tarde o temprano se verán en la obligación de apagar los instrumentos, de poner a correr el tiempo, de dejar que la noche apague las velas, que la nieve deje de caer, la luna ilumine y el fuego deje de calentar. Piensa el violinista húngaro y se convence de su absoluta degradación y de las heridas en el alma que le carcomen poco a poco el cráneo, dejando en absoluta libertad el cerebro, a punto de explotar en medio de una gran sala. Y a su cabeza entran con facilidad los aplausos. Y sin darse cuenta yacía de nuevo en su cama, descalzo, con la luna rebosante en un cielo sin estrellas, y al lado de un fuego frío entre los árboles congelados por el viento sin hogar. Despertó. 


La comodidad del azur.
          Encontrará un abismo donde caer parado, y se lastimará porque le hace bien. Encontrará al final de la calle un templo abandonado donde rezarle a sus dioses muertos, y fingirá estar vivo a cambio de tener en sus manos el destino de sus días, y fingirá también el besar y el abrazar, con la lástima y la pena de haber vendido el alma sin darse tiempo de haber amado primero. Encenderá el hilo encerado sobre el cabo de una vela de hielo, y los dedos le dejarán de funcionar, no le harán caso, y no podrá escribir ni rezar ni acariciar, porque la vela dejará de dar luz, se apagará en agua helada por haber iluminado, y los pies también se le mojarán, entonces no podrá tampoco caminar ni correr ni jugar. 

El valle predilecto y las montañas mironas.

Era extraño saber y tener la seguridad de que él andaba dando vueltas por allí, en forma de quién sabe qué -de alma diría mi abuela y de perro diría él mismo-, entre las montañas que no dicen nada, ni me cuentan si él anda por ahí. Tanto miran, tanto miran que no dicen nada, y están asombradas por la magnificencia de su vuelo, aunque yo no lo veo, y quizás ellas tampoco, lo sienten, que anda por allí cantando en silencio y en transparente fulgor. Era extraño saber también que yo de un momento al otro terminaría allí volando también a su lado, pero en soledad. Su compañía es fría o calurosa, pero nunca es compañía, y eso también me resulta extraño saber. No sé como sé, pero yo sé. Ahora ando tranquilo y entiendo qué es lo que pasa, y que aquel quién sabe en qué forma ahora es una respuesta clara y libre, en forma de viento.