Bajo el mismo Árbol.
Sabes como ensuciarte.
Sabes como encontrarme y,
que al desarmarme te busco en mis pedazos
Antes de acostarme haré gritar tu nombre,
por si estás dormida,
puedas escucharme
Y en una sombra más...Bajo el mismo árbol...
Alejados por...
Una distancia infernal que nos separa... y amarra.
Bebe de mis libros.
Toma mi mano en tregua una vez.
Pero no comas de mi abrazo... que por el tiempo muerde
Y no hay como evitarlo...Si te has curado lejos.
Si te has curado lejos...no queda nada por arder.
Marcos Hillebrand.
jueves, 22 de mayo de 2014
miércoles, 21 de mayo de 2014
- "alemental" - "asencial" -
Se carga el nido, cada vez más, de plumas negras y humedad. Sueña el pajarito de plumaje amodorrado encontrarlo todo roto al nido una mañana, y poder volar como nunca voló.
No se busca en las pajas la raíz. Tan secas, tan reventadas. Tan en su final las pajas. Ni espinas en las alas, ni remiendos en el pico, ni plomo en las patas, ni heridas en la piel o veneno en las heridas; eso no se busca, y si se busca, ni se encuentra, digo yo porque no están. No se busca, porque si se busca, no se vuela tampoco. Y no se encuentra, y uno tampoco se encuentra. Entonces, eso no se busca, pero sin embargo se sigue buscando; uno busca.
En un sopor a punto de dormirse para siempre, el ave comienza a soñar, y el sueño del ave también comienza a soñar. Un sueño primero, después el siguiente, y el siguiente, y así uno tras otro. Y van muriendo los primeros sueños, y cada sueño que le sigue al anterior es más cortito, más fácil, más cercano, más vacío... menos sueño. Cada vez más vacío, y no solo en los sueños: ya en él... Y los primeros siguen muriendo, uno tras otro, como si nunca hubiese despertado... Y se embarra en la depresión, y las alas se le contagian del pus en su cabeza, hundida en su pecho, buscando algo que tiemble, algo que se mueva. Escuchando, por las dudas, si el corazón seguía todavía en su lugar, si no había escapado, como el quería, o si no había muerto, como el sabía que ocurriría.
Moriría su corazón, sin importar que siga latiendo. Moriría su corazón, y seguiría el pum-pum, pum-pum, pum-pum...pum-pum...
Como cualquiera de su clase -o la mayoría-, el ave tomará en sus alas que se hicieron garras, un retrato de lo que haya sido quizás un alivio, o un motor, o una carga. Con gran esfuerzo de concentración, predisposición, y fuerza muscular -tanta fuerza necesita, pobre el pájaro, sus músculos se le quebraron por el tiempo-, dejaría nuevamente la imagen sobre una vieja paja, que a pesar de nueva, siempre resultó en realidad vieja, sin raíz, sin semilla... alemental... asencial.
Sumándose a los eventos, unos vientos fríos que ya los conocía como conocía su nido, se acercarían a soplarle el rostro, y le harían lagrimear la mirada casi cerrada en su totalidad. Casi sin dejarle ver tantas cosas, como todas las cosas que no veía todos los días. Cosas simples y esenciales: dónde había dejado el retrato, cómo estaban sus plumas, cómo estaba su cabeza, y cómo estaba su nido. Duro.
Tan duro el nido, que ni el tiempo lo endurecía ya más de lo que había podido endurecer. Tan duro el nido, que ni el viento, ni el rayo, ni la lluvia le preocupaban. Sin intenciones, se había acostumbrado el ave a la dureza del nido, y ni el viento, ni el rayo, ni la lluvia le preocupaban más que saber cuándo saldría el sol de nuevo. Un sol que a sus espaldas brillaba tanto que le saludaba, tristemente, en vano.
Marcos Hillebrand.
No se busca en las pajas la raíz. Tan secas, tan reventadas. Tan en su final las pajas. Ni espinas en las alas, ni remiendos en el pico, ni plomo en las patas, ni heridas en la piel o veneno en las heridas; eso no se busca, y si se busca, ni se encuentra, digo yo porque no están. No se busca, porque si se busca, no se vuela tampoco. Y no se encuentra, y uno tampoco se encuentra. Entonces, eso no se busca, pero sin embargo se sigue buscando; uno busca.
En un sopor a punto de dormirse para siempre, el ave comienza a soñar, y el sueño del ave también comienza a soñar. Un sueño primero, después el siguiente, y el siguiente, y así uno tras otro. Y van muriendo los primeros sueños, y cada sueño que le sigue al anterior es más cortito, más fácil, más cercano, más vacío... menos sueño. Cada vez más vacío, y no solo en los sueños: ya en él... Y los primeros siguen muriendo, uno tras otro, como si nunca hubiese despertado... Y se embarra en la depresión, y las alas se le contagian del pus en su cabeza, hundida en su pecho, buscando algo que tiemble, algo que se mueva. Escuchando, por las dudas, si el corazón seguía todavía en su lugar, si no había escapado, como el quería, o si no había muerto, como el sabía que ocurriría.
Moriría su corazón, sin importar que siga latiendo. Moriría su corazón, y seguiría el pum-pum, pum-pum, pum-pum...pum-pum...
Como cualquiera de su clase -o la mayoría-, el ave tomará en sus alas que se hicieron garras, un retrato de lo que haya sido quizás un alivio, o un motor, o una carga. Con gran esfuerzo de concentración, predisposición, y fuerza muscular -tanta fuerza necesita, pobre el pájaro, sus músculos se le quebraron por el tiempo-, dejaría nuevamente la imagen sobre una vieja paja, que a pesar de nueva, siempre resultó en realidad vieja, sin raíz, sin semilla... alemental... asencial.
Sumándose a los eventos, unos vientos fríos que ya los conocía como conocía su nido, se acercarían a soplarle el rostro, y le harían lagrimear la mirada casi cerrada en su totalidad. Casi sin dejarle ver tantas cosas, como todas las cosas que no veía todos los días. Cosas simples y esenciales: dónde había dejado el retrato, cómo estaban sus plumas, cómo estaba su cabeza, y cómo estaba su nido. Duro.
Tan duro el nido, que ni el tiempo lo endurecía ya más de lo que había podido endurecer. Tan duro el nido, que ni el viento, ni el rayo, ni la lluvia le preocupaban. Sin intenciones, se había acostumbrado el ave a la dureza del nido, y ni el viento, ni el rayo, ni la lluvia le preocupaban más que saber cuándo saldría el sol de nuevo. Un sol que a sus espaldas brillaba tanto que le saludaba, tristemente, en vano.
Marcos Hillebrand.
domingo, 11 de mayo de 2014
La calle de las quejas. Quejosos en las veredas.
Un día cualquiera hablando con mis interlocutores fantasiosos (yo): - "Caracterizados por “el
palo” (no hay quien se salve del "palo"). Fantasiosos algunos en un mundo tan real por lo crudo y lo quejoso. Encrudece
la fantasía que brilla en lo fantástico de lo real. ¡Que fantasioso!"
-
¡Que se calle el “tipo quejoso”¡ - Se oye desde la vereda, como si ese tipo hubiese oído mis pensamientos. Tengo dudas sobre ese tipo ahora. “Tipo quejoso”, me dice. Me
molestan las barbaridades que salen de la boca del “tipo-tipo” (¿tipo
estándar?). Un viento vuela mi sombrero gris, "oh, viento travieso, no querrás que me queje" Pienso mientras lo junto con mi bastón marrón, bien lustrado y bien brillante. Pero el tipo vuelve a leer mis pensamientos, y grita levantando los brazos, arrugando su camisa blanca y forzando los botones de su chaleco negro:
-
¡Que alguien calle al tipo quejoso¡ - Después de repetir la bendita queja media docena de veces, la
voz del tipo-tipo (que ya no es más) bien su volumen disminuye. Se escucha lejos
y un poco más. Lo ignoro - ¡Se ha callado el tipo quejoso¡ ¡Se ha callado¡ ¡Escuchad nada
más, se ha callado¡ - A penas oigo, con suerte al tipo-tipo, que es en realidad el verdadero tipo quejoso, su voz parece salida de un cine a unas varias decenas de kilómetros, que suerte.
- ¡Cállate ya,
tipo quejoso¡ - Le responde otra voz al tipo quejoso, un tipo cansado. Y el
tipo cansado es tan quejoso como el tipo quejoso, que ahora es un tipo callado.
¡Que fantástico!
Un momento… ¡Resultó ser que el tipo quejoso también era yo, el tipo
fantasioso! Quejando del tipo cansado; y del tipo-tipo, tipo quejoso. ¡Que
quejoso¡
Continúan gritándose de vereda en vereda los
tipos quejosos, ya cansados de insultos y quejas. Se marchan a sus casas, donde
se quejarán a su mujer del tipo quejoso, y su mujer se le quejará por ser un
tipo quejoso. ¡Cuántas quejas en un mundo quejoso! ¡Que fantasioso!
¡¿Por qué tantas quejas en un mundo tan fantasioso?!
-
¡Cállate, tipo quejoso! –
Marcos Hillebrand.
viernes, 9 de mayo de 2014
Palabra. Pausa. Esteticismo. Zeta.
Alforja
Bronca
Cúspide.
Día
Escenario
Fuerza
Goce,
Hijo.
Incendio
Jirafa
Karma,
Lapacho
Medusa
Nacimiento.
Obsequio.
Paz
Razón
Sinceridad.
Trueno
Unión
Veloz
Whisky
Xilófono.
Yelmo...
Zeta...
Bronca
Cúspide.
Día
Escenario
Fuerza
Goce,
Hijo.
Incendio
Jirafa
Karma,
Lapacho
Medusa
Nacimiento.
Obsequio.
Paz
Razón
Sinceridad.
Trueno
Unión
Veloz
Whisky
Xilófono.
Yelmo...
Zeta...
jueves, 1 de mayo de 2014
De pequeño ave a sabio. ¿O de sabio a pájaro?
Abrir las alas. Despegar el vuelo. Despegar del suelo. Salir
de las ganas. Conocer Japón. Conocer Australia. Conocer Lisboa y Porto. Conocer
el Distrito Federal. Conocer las Islas Canarias. Conocer Perú. Conocer Bolivia.
Conocer Montevideo y Buenos Aires, Misiones y Brasilia, Santiago de Chile y
Mendoza. Conocer la Pampa. Conocer la Patagonia. Conocer. Conocer el mar.
Conocer Washington. Conocer Toronto. Conocer El Salvador. Conocer Cuba. Conocer
China, el Everest. Tenochtitlán. Alaska. Afganistán. Conocer la India, conocer
Siria. Aterrizar en Madagascar. Aterrizar en Rusia. Aterrizar en Bariloche.
Aterrizar en Madrid. Aterrizar en Sudáfrica. Aterrizar en Londres. Aterrizar en
Egipto. Aterrizar en Ghana. Caer en el Sahara. Caer en el Polo Sur. Caer en el
Polo Norte. Caer en el Océano Atlántico. Caer en El Caribe. Caer en Jamaica.
Caer en la Luna. Caer. Caer en Otoño. Caer en Invierno. Caer en el olvido.
Abrir las alas. Despegar el vuelo. Despegar del suelo. Salir de Abril. Salir de
las ganas. Conocer. Volar. Aterrizar. Caer. Abrir las alas. Despegar. Conocer.
Reflexiones de, ya, Don Atilio.
miércoles, 16 de abril de 2014
Fragmentación
- Te digo, es como un ácido que arde y viaja de arriba a abajo, por mis venas, succiona mis fuerzas en mis pies, y estalla en mi cabeza, en su recorrido quema todo, quema mi alma. Te diría si supiera cuándo irá a parar, pero no sé, y no te puedo decir, entonces cuando sucederá. Te diría si supiera cuándo comenzó, pero no sé, y no te puedo decir, entonces cómo arrancarlo de mi. ¿Cómo dejar que fluya hacia fuera? ¿Me diría usted? Mis ojos no aguantan tanto color, mis hombros no aguantan tanto tirar hacia abajo. ¿Cómo dejar que fluya hacia fuera? Dígame usted, señor.
- Ajam...
- ¿Usted me lee?...¿Me siente?...¿llega lo que le pido que llegue? Los huesos se me corroen, y sé que volverán otra vez a ser lo que fueron, pero me duele el momento, se trincan mis bases, frágiles bases que al final de todo, ni sé si son mías, o alguien las puso allí. Parece que después de todo hay una verdad que estoy lejos de descubrir, pero que mis emociones sospechan. Mis enojos sospechan. El ácido es la fiebre de aquella verdad. El ácido que me quema me dice que la verdad está ahí, vigente. Las ideas no se me caen, no aparecen, no se vislumbran, entonces cuando palpo una, cuando la tanteo en la oscuridad, me desespero. Me desespero y trato de moldearla rápido, de discernir bien su forma en esta basta oscuridad que abarca de punta a punta mi pesada, rota, y desgastada mente. ¿Cuánto más hondo tengo que recalar para poder llegar hasta el inconsciente donde guardo yo los problemas verdaderos? ¿Qué me falta y qué me sobra? Es algo que tengo que beber, o algo que tengo que comer...¿o es algo que debo encontrar? ¿Debo buscar?. Dígame señor. ¿Me diría usted que debo hacer?.
- Ajam...
- También me divido, y de repente estoy yo, frente a mis otros yo, dentro de una gran habitación de mármol blanco, en medio una gran mesa traída del Olimpo mismo. En ella posan sus ideas, y ponernos de acuerdo es un reto que no logramos superar aún. Él, el autocompasivo, me llueve con autocompasión las ganas de cuestionar a los demás, entonces no tengo yo nunca la culpa. Pero hasta a veces creo que tiene razón, señor. Dígame señor si tiene razón. ¿Tengo razón señor?
- No lo sé, señor.
- Entonces ¿qué?.
-No lo sé, señor. Usted ha de saberlo, señor. Dígame usted señor. ¿Lo sabe usted?.
- No señor, ¿debería saberlo? Ya le dije como estoy, dígame usted qué me sucede.
- Es tan claro como esta mesa del Olimpo y estas paredes de mármol blanco, señor. Hemos logrado reunirnos los dos. Y usted debe saber que no debe dividirse, señor. ¿Qué hago yo aquí? Si usted está allí. ¿Me va a dejar entrar, señor?.
- No señor, me temo que no. Estoy en aprietos y no me sirve entonces hablarle de mi, si usted, el pensamiento en persona no me ayuda. Bueno, pues le he dicho todo, le he contado sobre la gran verdad, sobre la fiebre, el ácido, mi autocompasión, mis miserias, mis ganas, mis dolores, mis totalidades, mis enfermedades, y usted no sabe que decirme. ¿Usted no sabe que decirme?
- No ha necesitado de mi, señor. Lo ha pensado todo usted. Pero si quiere me puedo ir, y puede usted ser feliz.
-No, señor, usted vuelva dentro de mi, yo seguiré como estoy.
- Ajam...
- ¿Usted me lee?...¿Me siente?...¿llega lo que le pido que llegue? Los huesos se me corroen, y sé que volverán otra vez a ser lo que fueron, pero me duele el momento, se trincan mis bases, frágiles bases que al final de todo, ni sé si son mías, o alguien las puso allí. Parece que después de todo hay una verdad que estoy lejos de descubrir, pero que mis emociones sospechan. Mis enojos sospechan. El ácido es la fiebre de aquella verdad. El ácido que me quema me dice que la verdad está ahí, vigente. Las ideas no se me caen, no aparecen, no se vislumbran, entonces cuando palpo una, cuando la tanteo en la oscuridad, me desespero. Me desespero y trato de moldearla rápido, de discernir bien su forma en esta basta oscuridad que abarca de punta a punta mi pesada, rota, y desgastada mente. ¿Cuánto más hondo tengo que recalar para poder llegar hasta el inconsciente donde guardo yo los problemas verdaderos? ¿Qué me falta y qué me sobra? Es algo que tengo que beber, o algo que tengo que comer...¿o es algo que debo encontrar? ¿Debo buscar?. Dígame señor. ¿Me diría usted que debo hacer?.
- Ajam...
- También me divido, y de repente estoy yo, frente a mis otros yo, dentro de una gran habitación de mármol blanco, en medio una gran mesa traída del Olimpo mismo. En ella posan sus ideas, y ponernos de acuerdo es un reto que no logramos superar aún. Él, el autocompasivo, me llueve con autocompasión las ganas de cuestionar a los demás, entonces no tengo yo nunca la culpa. Pero hasta a veces creo que tiene razón, señor. Dígame señor si tiene razón. ¿Tengo razón señor?
- No lo sé, señor.
- Entonces ¿qué?.
-No lo sé, señor. Usted ha de saberlo, señor. Dígame usted señor. ¿Lo sabe usted?.
- No señor, ¿debería saberlo? Ya le dije como estoy, dígame usted qué me sucede.
- Es tan claro como esta mesa del Olimpo y estas paredes de mármol blanco, señor. Hemos logrado reunirnos los dos. Y usted debe saber que no debe dividirse, señor. ¿Qué hago yo aquí? Si usted está allí. ¿Me va a dejar entrar, señor?.
- No señor, me temo que no. Estoy en aprietos y no me sirve entonces hablarle de mi, si usted, el pensamiento en persona no me ayuda. Bueno, pues le he dicho todo, le he contado sobre la gran verdad, sobre la fiebre, el ácido, mi autocompasión, mis miserias, mis ganas, mis dolores, mis totalidades, mis enfermedades, y usted no sabe que decirme. ¿Usted no sabe que decirme?
- No ha necesitado de mi, señor. Lo ha pensado todo usted. Pero si quiere me puedo ir, y puede usted ser feliz.
-No, señor, usted vuelva dentro de mi, yo seguiré como estoy.
La guerra, principio primero.
En otoño, en una enorme plaza, todos caminan y nadie se ha fijado en la hoja que cayó.
Hermosa hoja de álamo.
¿Por qué nadie se ha fijado?
Nadie se ha fijado porque es otoño, las hojas muertas caen en otoño...
Piedad por la hoja. Por las miles de hojas que caen en otoño.
Piedad por el alma. Por las miles de almas que caen en olvido.
"Que se fije la hoja cómo hace para no caer". Se escucha.
Marcos Hillebrand.
Hermosa hoja de álamo.
¿Por qué nadie se ha fijado?
Nadie se ha fijado porque es otoño, las hojas muertas caen en otoño...
Piedad por la hoja. Por las miles de hojas que caen en otoño.
Piedad por el alma. Por las miles de almas que caen en olvido.
"Que se fije la hoja cómo hace para no caer". Se escucha.
Marcos Hillebrand.
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